La última jornada de la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada comenzó con una conferencia de fuerte tono testimonial y pastoral del cardenal Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat, bajo el título “«Has de ir por donde no sabes». Ser en minoridad”. La intervención, convertida en broche de oro del encuentro, propuso mirar la vida consagrada desde la pequeñez, la comunión y la primacía del Reino de Dios.
Una clausura con acento de desierto y camino
La sesión final se presentó como el colofón de unas jornadas pensadas para “transitar por el desierto”, con el cardenal hablando desde la experiencia de una Iglesia minoritaria en Marruecos. Aunque no pudo estar físicamente en la sala, su vídeo marcó el ritmo de una ponencia estructurada en varios bloques con pausas de trabajo y diálogo entre los asistentes. Desde el inicio, el tono fue autobiográfico: López Romero se definió como emigrante, recordó su vocación salesiana y subrayó que Marruecos le obligó a un “reseteo” vital y espiritual.
Minoría que no es insignificancia
Uno de los ejes de la charla fue su lectura de la Iglesia en Rabat, una diócesis inmensa en territorio pero pequeña en número de fieles, con unos 30.000 católicos repartidos en unas 20 parroquias y más de 100 nacionalidades. Esa realidad, explicó, le ha ayudado a ver la Iglesia desde la perspectiva del Reino de Dios, no desde la lógica de los números o de la autosuficiencia. En esa línea, insistió en que ser minoría no significa ser irrelevante, sino caminar en abajamiento, diálogo y servicio.
La crítica a la “depresión religiosa”
El cardenal lanzó una imagen provocadora para describir cierto cansancio eclesial: la “depresión religiosa”, visible —según dijo— en la pérdida de alegría, la nostalgia paralizante y la sensación de envejecimiento y derrota. Frente a ese mal, propuso soluciones sencillas y otras más de fondo: desde “viajar” para salir de la identificación estrecha con la propia diócesis o congregación, hasta los “medicamentos” simbólicos de la “optimicina”, el “evangelicur” y la “esperanza fort”. Pero el remedio decisivo, sostuvo, es redescubrir el Reino de Dios como horizonte principal de la misión cristiana.

Reino antes que institución
López Romero planteó una idea central: la Iglesia es importante, pero el Reino lo es más; la Iglesia existe para servir a ese Reino. Por eso defendió que la misión no nace de la Iglesia, sino que la Iglesia está al servicio de la misión. Criticó así la tentación autorreferencial y la obsesión por el crecimiento numérico, y recordó que el criterio evangélico pasa por el testimonio, la justicia, la paz, la libertad y el cuidado de la vida. En ese marco, habló también de una sinodalidad entendida como marcha conjunta, abierta a toda la humanidad.
Un decálogo para la vida consagrada
En el tramo final, el cardenal ofreció un decálogo que resumía su propuesta espiritual: es más importante ser que hacer; el testimonio vale más que las tareas; la comunión pesa más que la acción; y la Iglesia universal debe prevalecer sobre la lógica particular de cada congregación. También defendió que es más importante que la gente descubra su vocación de servicio que seguir midiendo vocaciones religiosas en clave de supervivencia institucional. En su lectura, la vida consagrada está llamada a vivir como “pequeño rebaño”, sin angustia, con alegría y con la certeza de que Dios sigue actuando en la pequeñez.
Fue, por tanto, una conferencia donde hubo momentos muy bonitos, dinámicos, en el que el cardenal proponía diálogos entre los participantes, reflexiones, y contó con estupendas dosis de sentido del humor que hicieron muy viva su intervención.
Cierre con aplauso
La conferencia terminó con la intervención en directo del propio cardenal, recibida con un fuerte aplauso por parte de los asistentes. Desde esa conexión final, se presentó como un “pequeño constructor de puentes”, imagen que sintetizó el espíritu de toda su exposición: menos poder, más encuentro; menos números, más Evangelio. La última jornada dejó así un mensaje nítido para la vida consagrada: vivir en minoridad no es resignarse, sino aprender a ser signo humilde y alegre del Reino.








