Después de la celebración de la eucaristía, presidida por Mons. Luis Ángel de las Heras, obispo de León y presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, tuvieron lugar las sesiones de esta tercera jornada de la Semana Nacional para institutos de vida consagrada, en la que se continuó con el tercer núcleo, 'Tres propuestas', iniciado el día anterior por la tarde. De tal modo, el auditorio de los religiosos salesianos del Paseo de Extremadura de Madrid amanecía este viernes con un tono íntimo y reflexivo, expectante ante la escucha de la conferencia “De la cotidianidad herida a la cotidianidad sanada”, una de las ponencias más esperadas.
Los ponentes, María del Carmen Gómez, Hija de la Caridad y consejera provincial, y Gonzalo Fernández Sanz, claretiano, ex miembro del Gobierno General de su congregación y actual director de la revista Vida Religiosa y de Publicaciones Claretianas, ofrecieron a los asistentes una lectura espiritual de la vida diaria como lugar donde se teje la salvación.

La vida cotidiana, “laboratorio de sentido”
“Lo cotidiano —comenzaron recordando— es la maqueta de la existencia entera”. Su discurso, de tono sereno y profundamente teológico, partió de una constatación sencilla pero decisiva: la vida consagrada se juega, ante todo, en la rutina diaria, en los gestos repetidos que modelan el alma de cada comunidad.
A la luz del Evangelio —especialmente de esos pasajes en que Jesús habla del pan de cada día y del hoy de la gracia—, Gómez y Fernández propusieron redescubrir la jornada ordinaria como lugar de revelación, aprendizaje y misión. “Cada día contiene su propio amanecer y su propio ocaso, su trabajo y su descanso, su combate y su bendición”, afirmaron.
En un mundo que corre aceleradamente y que a menudo desprecia lo pequeño, los ponentes reivindicaron la teología de lo cotidiano como espacio privilegiado donde Dios se hace presente en lo simple, en lo repetido y en lo aparentemente irrelevante.
De las heridas a la luz pascual
El hilo conductor de la conferencia fue una lectura pascual de la experiencia de fragilidad que hoy atraviesa la vida consagrada: envejecimiento, reducción, cansancio institucional, pérdida de visibilidad social. “Cada herida puede ser también una epifanía de la gracia —subrayaron—. Donde están nuestras heridas, allí está también nuestra salvación”.
Inspirándose en Henri Nouwen y su conocida expresión de los sanadores heridos, propusieron un itinerario simbólico en siete “viajes cotidianos”, cada uno iluminado por la imagen de una luz que se enciende. En ese gesto —explicaron— se condensa la vocación pascual de toda persona consagrada: dejar que la luz del Resucitado cure las sombras de la vida diaria.

Siete luces para sanar la vida consagrada
El itinerario espiritual propuesto por María del Carmen Gómez y Gonzalo Fernández fue descrito como siete luces que pueden sanar la vida consagrada, gesto físico y un verdadero viaje interior que recorrió, con ritmo pausado y esperanzado, las heridas y posibilidades del presente.
Invitaron, primero, a pasar de la resignación a una fe viva, capaz de descubrir en la incertidumbre una llamada a confiar de nuevo en Dios; y, enseguida, del individualismo al cuidado fraterno, recordando que las comunidades solo se regeneran cuando cada uno se hace responsable del otro, especialmente de los más frágiles. Propusieron también avanzar de un liderazgo minimalista a un liderazgo sinodal, donde la autoridad se viva como discernimiento y comunión; y transformar los espacios funcionales en espacios vitales, más sencillos, abiertos y habitables, donde circule la vida con gratuidad.
En la misma línea, animaron a pasar del tiempo reglamentado al tiempo recreado, integrando trabajo, oración y descanso en una unidad que dé sentido al día; de las obras propias a la misión compartida, comprendiendo que abrir el carisma a los laicos no lo debilita, sino que lo expande; y, finalmente, de los jóvenes para todo a los jóvenes centinelas, capaces de aportar una mirada fresca y profética sobre el futuro de Dios. Cada paso, insistieron, no era tanto un cambio práctico como una conversión de mirada, un modo nuevo de habitar la cotidianidad con fe, ternura y esperanza.
De la reducción a la fecundidad del Espíritu
La propuesta final fue una invitación a mirar el momento presente no desde la nostalgia, sino desde la esperanza. “Las heridas pueden abrir grietas por donde entra la luz”, afirmaron con convicción. “El Espíritu no está ausente; simplemente nos pide dejar de mirar hacia dentro con miedo y dirigir la mirada hacia fuera, con compasión.”
Para ambos ponentes, solo una vida consagrada que aprenda a vivir en clave de humildad, ternura y fidelidad al Evangelio podrá ofrecer hoy un testimonio creíble. “No se trata de negar la herida —dijo Gonzalo Fernández—, sino de dejar que sea Cristo quien la toque y la transforme.”








