Con el título «Oasis en el desierto. Creatividad y apuestas nuevas», la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada vivió esta tarde uno de sus momentos más esperados: una mesa redonda en la que cuatro superiores mayores compartieron, desde la experiencia concreta de sus congregaciones, cómo la vida religiosa puede seguir siendo fuente de vida y esperanza en un tiempo de reducción y cambio profundo.
El encuentro, moderado por la periodista Silvia Rozas, FI, reunió a Marta Guitart (Provincial de las Religiosas de Jesús-María), Belén Berjillo (Superiora General de las Trinitarias), José Mari Arregi (Provincial de los Franciscanos de Arantzazu) y José Vicente Miguel March (Viceprovincial de los Amigonianos). Rozas, enmarcando la conversación dentro del tema general de la Semana —“Afrontar la reducción caminando y habitando en el desierto”—, recordó que el propósito era “compartir cómo vivimos esta oportunidad de minoridad y consagración, en un tiempo que pide fe, imaginación y realismo”.

Vivir la incomodidad y escuchar en el desierto
La primera intervención, a cargo de Marta Guitart, situó el tono del diálogo: “Abrazar lo que somos hoy no es fácil”, reconoció. “Estamos viviendo un cambio de época: nada es como era, ni la misión que realizamos ni la manera de gobernar ni de relacionarnos. Todo ocurre a velocidad de vértigo”.
Para Guitart, el desierto es un lugar de incomodidad y de aprendizaje lento, donde hay que dar tiempo para escuchar, discernir y asumir que la realidad no se deja controlar. “Habitar el desierto es abrir un espacio de escucha para descubrir por dónde nos está conduciendo el Señor”, afirmó con serenidad.
Una misión compartida que cuida la vida
Por su parte, José Vicente Miguel March, viceprovincial amigoniano, ofreció una mirada lúcida sobre el recorrido de su congregación: “Somos 67 en la provincia, y tras 30 años de fraile sigo siendo de los más jóvenes”, dijo con realismo. Aun así, subrayó que la experiencia del desierto se vive hoy con más paz que hace dos décadas, cuando comenzó a percibirse como una crisis. “Hemos aprendido a diferenciar ritmos entre continentes —decía—: África necesita crecer, mientras nosotros debemos hacernos más pequeños”.
Su apuesta concreta pasa por fortalecer la misión compartida y el cuidado de la persona, convencido de que “un religioso no vive solo para trabajar, sino para cuidar”.

La minoridad como gracia que cuesta asumir
El franciscano José Mari Arregi, con su estilo cercano y sentido del humor, reconoció entre risas: “Me extraña que no tengamos vocaciones… ¡si la vida consagrada es lo más bello que hay!”. Pero añadió enseguida, en tono reflexivo, que se trata de un proceso doloroso, pero que los franciscanos llevan con elegancia y esperanza. Explicó que el desafío de integrar su provincia con la portuguesa antes de 2031 “no está resultando fácil”, pero que la clave está en acompañar a los hermanos “para hacer memoria de la resurrección”.
Con honestidad, admitió sentirse en ocasiones lejos de las palabras teológicas: “No todos tenemos la experiencia de la resurrección —confesó—. Pero el gobierno provincial debe acompañar, porque nuestra gente nos necesita. Y aunque profesamos la minoridad, cuando ahora nos toca vivirla… Parece que no la queremos”
El desierto como tiempo de bodas
En la mesa también participó la Hna. Belén Berjillo, que ofreció una perspectiva luminosa y esperanzada. “El desierto me enseña a vivir desde lo esencial”, afirmó, con los pies en la tierra ante el cierre de presencias y el envejecimiento de las comunidades.
Sin embargo, reivindicó una mirada nupcial y fecunda: “No quiero vivir el desierto solo como un tiempo de pérdida, sino como un tiempo de bodas. El Espíritu sigue haciendo brotar vida, especialmente en otros continentes”. Para la superiora trinitaria, “atravesar el desierto es despojarnos de las seguridades para que Dios reoriente nuestro Instituto”. Una travesía que no se realiza sola: “Esto no es tarea solo nuestra, sino obra del Espíritu Santo. Hemos de dejarnos hacer”.

Oasis en medio del cambio
El diálogo, fluido y honesto, despertó en la sala una mezcla de realismo y esperanza. Las intervenciones coincidieron en tres claves fundamentales: asumir la realidad sin miedo, discernir juntos con fe, y acoger la fragilidad como oportunidad de creatividad evangélica.
Como recordó Rozas, la vida consagrada está llamada a ser “oasis en el desierto”, signo de aliento en medio de la sequedad y la incertidumbre. Y en ese empeño —dijo— la creatividad, la comunión y el cuidado mutuo son los manantiales que pueden seguir dando agua a la Iglesia y al mundo.
La multitud de asistentes despidió el encuentro con un prolongado aplauso. En la penumbra del atardecer madrileño, el aire que se respiraba era de agradecimiento y compromiso: el desierto puede ser también el lugar donde florece la promesa.








