Con una eucaristía presidida por Mons. Luis Ángel de las Heras, obispo de León y presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, finalizó en Madrid la primera mañana de la 55ª Semana Nacional de Institutos de Vida Consagrada, organizada por el Instituto Teológico de Vida Religiosa (ITVR) bajo el lema “Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto”.
En su homilía de apertura, Mons. De las Heras animó a los consagrados y consagradas a “habitar con sabiduría pascual el tiempo de la reducción”, leyendo los desafíos actuales de la vida religiosa desde la clave de la Resurrección. Recordó que esta Semana, que se celebra siempre en la Octava de Pascua, “es un signo de fidelidad esperanzada”, y subrayó que el encuentro con el Resucitado “nos invita a levantar la mirada, a reconocer la vida donde parecía no haberla, a descubrir al Mesías que camina con nosotros por el desierto”.
“No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo”
Inspirado en el episodio del lisiado curado por Pedro a la puerta del templo (Hch 3,6), el obispo señaló que esta imagen “expresa bien la limitación y fragilidad que vive hoy la vida consagrada”: comunidades envejecidas, con menos fuerzas y recursos. Sin embargo, advirtió, “no se trata de lamentarse por lo que ya no tenemos, sino de preguntarnos qué sí tenemos para ofrecer”. La respuesta, dijo, debe ser la misma que la de los apóstoles: ofrecer la fuerza de Cristo Resucitado.

Un desierto que se puede habitar
El prelado profundizó también en la imagen del desierto, central en esta edición de la Semana Nacional. “No es solo un desierto externo o numérico, sino interior: de expectativas, de seguridades y de reconocimiento”, explicó. Pero insistió en que no se trata de un tiempo de resignación, sino de renovación desde la escucha y la fe: “Jesús no espera a que salgamos del desierto para acercarse; camina con nosotros bajo el sol ardiente y nos ayuda a reinterpretar nuestra historia desde la Palabra”.
De las Heras invitó a las comunidades a vivir esta etapa sin prisas ni nostalgias, con hondura espiritual y fidelidad a su carisma. “La vida consagrada puede ofrecer hoy tesoros valiosos a la Iglesia y a la sociedad: una palabra serena frente al miedo, una fe probada ante el desaliento, una presencia humilde que sigue diciendo que Dios es fiel incluso cuando todo parece disminuir”, afirmó.
“Levántate y anda”: una esperanza realista
El obispo de León concluyó su homilía con un mensaje de reconstrucción y esperanza activa: “La Pascua no elimina el desierto, pero lo transforma. No hace desaparecer la fragilidad, pero la llena de sentido”. Invitó a los consagrados a dejarse “poner en pie” por la fuerza del Resucitado y a seguir caminando con alegría, gratitud y apertura: “La Iglesia necesita hoy una vida consagrada menos preocupada por contar números y fuerzas, y más decidida a aprender la vitalidad del seguimiento de Cristo con paso lento, con el corazón agradecido y esperanzado”.








