En el segundo día de la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, la biblista y profesora de la Universidad Pontificia de Salamanca, Carmen Yebra Rovira, ofreció una ponencia profundamente simbólica y esperanzadora bajo el título “Afrontar la reducción caminando y habitando en el desierto”. Su propuesta, articulada en torno a varios relatos bíblicos, ofreció una lectura teológica de las etapas finales de la vida consagrada, marcada por el envejecimiento, la reducción numérica y los cierres de comunidades, pero también —subrayó— “por la fidelidad de un Dios que sigue creando vida, incluso en el ocaso”.
El desierto como lugar de fidelidad
Partiendo de la cita de Isaías “Yo pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo”, Yebra planteó que la reducción de la vida consagrada no debe vivirse como decadencia, sino como un tiempo teológico. “Estamos llamados a descubrir los caminos que Dios abre en nuestro desierto, más que a lamentar lo que ya no somos”, afirmó.
La profesora recordó que este proceso, que no puede ocultarse, afecta a congregaciones apostólicas y contemplativas, a provincias en reestructuración y a familias religiosas envejecidas: “Llega un momento en que muchas comunidades ya no pueden sostener la misión activa, pero eso no significa que acabe su misión. El final también es misión: la del agradecimiento, la entrega y la confianza radical en Dios”.
Yebra, especialista en exégesis bíblica y doctora en Teología, evocó la promesa de Isaías y el paso de Abrahán para afirmar que “en la vejez también se da fruto. Dios no trabaja solo en los comienzos, sino también en los finales; los caminos y los ríos del desierto son imágenes de una vida nueva que brota donde solo se veía esterilidad”.

De la acción al “dejarse hacer”
En la segunda parte de su intervención, Yebra introdujo una cita sorprendente: “Y Lázaro era uno de los comensales” (Jn 12,1-11). A partir de ese versículo, subrayó que en las etapas finales de la vida consagrada la misión se transforma: ya no consiste en hacer, sino en dejarse hacer. “La vida religiosa ha enfatizado mucho el compromiso y la acción, pero tal vez la gran misión ahora sea «dejarse cuidar», acoger la fragilidad y permitir que otros hagan en nosotros lo que ya no podemos hacer”, explicó.
Esa misión kenótica —de abajamiento— constituye, a su juicio, “la vivencia más radical de los votos, especialmente de la pobreza y la obediencia”. Vivir esta etapa vital y congregacional, insistió, “no como pérdida, sino como profundidad”, pide una conversión interior y comunitaria: “La acogida, la gratuidad y la humildad son ahora la forma más alta del testimonio apostólico”.
“Tened las lámparas preparadas”: un tiempo de espera activa
En su recorrido bíblico, la ponente se detuvo después en la parábola de las vírgenes prudentes (Mt 25,1-13) para explicar que el final de la vida consagrada es preparación para el encuentro, no para la desaparición. “No es el momento del miedo ni del juicio, sino el de la confianza y el amor. El esposo llega, y cada consagrado espera con su lámpara encendida, con el aceite de toda una vida entregada”.
Yebra invitó a analizar “la calidad del aceite” —la fe, la fraternidad, la oración, la alegría— que sostiene la luz de cada comunidad. Las congregaciones, añadió, deben hacer de esta etapa un tiempo de comunidad y celebración, donde las hermanas y hermanos más frágiles sean reconocidos como portadores de una sabiduría nueva, “la de quien enseña a esperar y a confiar”.
El abrazo final: vivir el cierre como comunión
Inspirándose en la parábola del hijo pródigo, Yebra reinterpretó el encuentro del padre con el hijo mayor (Lc 15,25-32) como imagen del reencuentro final con Dios y con la propia historia. “La identidad del consagrado en esta etapa se define no por lo que ha hecho, sino por estar con el Padre, compartir lo que es suyo y acogerlo todo como gracia”, explicó.
El final de la vida de una congregación —señaló— puede ser también un tiempo de reconciliación y gratitud: “una etapa para acoger heridas, antiguas frustraciones, envidias o silencios, y dejarlas curar en un abrazo definitivo con el Padre”.
“El presente es el tiempo propicio”
En sus conclusiones, Carmen Yebra reiteró que “el tiempo que vivimos es el tiempo propicio”. Lejos de un tono pesimista, su ponencia se convirtió en una llamada a reinterpretar los signos del final como parte del proceso de Dios en la historia. “La vida consagrada —dijo— no muere: se transforma. Y este tiempo de reducción puede ser una nueva forma de fecundidad si lo habitamos con fe, fraternidad y gratitud.”
Para la biblista, el horizonte es claro: “Dios sigue haciendo nuevas todas las cosas, incluso en el declive. El desierto no es ruina, es tierra de encuentro”. En él, cada consagrado está invitado a “cruzar a la otra orilla”, apoyado en la certeza de que “Jesús sigue en la barca”, despierto o dormido, pero siempre presente.
Con esta lectura pastoral y espiritual, Yebra ofreció una mirada distinta sobre la reducción numérica que atraviesan las comunidades religiosas: no como cierre, sino como paso pascual, una travesía desde la productividad hacia la comunión, desde el hacer hacia el ser. “La muerte —concluyó— no es el final, sino el espacio donde Dios sigue reinventando la vida”.








