El cuarto núcleo del programa de la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada se abrió con un panel cargado de profundidad vital y espiritual titulado “Experiencia y plegaria”. Tres voces —Ángel Barahona Plaza, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria; Juana Garrido, de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana; y María Teresa Pandelet, abadesa clarisa de Ávila— compartieron, desde realidades muy diversas, cómo la vida consagrada y la fe se abren paso en medio del desierto de la secularización, la fragilidad y la vejez. Moderados en un clima de reconocimiento y escucha por el periodista José Beltrán, ofrecieron un testimonio coral sobre la esperanza en tiempos de transformación.
“Solo lo santo salva”
El profesor Ángel Barahona, experto en conflictos y conocedor del vínculo entre religión y modernidad, abrió el panel con una reflexión luminosa sobre los retos espirituales de nuestro tiempo. “No hay problema en sustituir lo sagrado —dijo— siempre que no se sustituya lo santo. Espero que en nosotros la gente siga buscando no lo sagrado, sino lo santo”. Desde esa convicción, interpretó el momento actual de secularización no como una desgracia, sino como una oportunidad, un verdadero kairós. Volver al desierto, aseguró, puede ser un modo de regresar a lo esencial, de ofrecer al mundo lo que de verdad anhela: el testimonio del amor y la unidad que, según Lumen Gentium, puede salvar a una generación huérfana de esperanza.
“Del desierto brota vida”
A continuación, María Teresa Pandelet, clarisa de Ávila y expresidenta confederal de las comunidades de Castilla, narró con honestidad y ternura el proceso de reducción y renacimiento que ha vivido su monasterio. En un recorrido que abarcó desde 1980 hasta hoy, repasó las etapas de un camino donde las cifras decrecen pero la vida se ensancha. “Pasamos de 26 hermanas a 7; luego a 5, y así perdimos la autonomía. Pero descubrimos —dijo— que el desierto no tenía por qué llevarnos al fracaso”. Relató cómo, tras momentos de duelo y desconcierto, su comunidad solicitó al Dicasterio la recuperación de su plena autonomía y recibió una respuesta afirmativa en apenas quince días. “Ha sido un proceso de mucho dolor, pero también de mucho Espíritu —afirmó—. Nos miramos y vimos que había vida, que podíamos seguir siendo ese pequeño fermento que transforma desde lo escondido”. Su testimonio, a la vez realista y profundamente espiritual, retrató el rostro de una vida contemplativa que resiste la reducción reinventándose sin perder su alma.
“Aprender a dejarse cuidar”
Por su parte, Juana Garrido, de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, ofreció una mirada emocionada sobre su misión de acompañar a las hermanas mayores. Con palabras sencillas y conmovedoras, definió esta etapa como un itinerario personal de conversión hacia la gratuidad y la escucha. “En este tiempo parece que no se hace nada —explicó—, pero se hace algo fundamental: escuchar. Los recuerdos son gratitud hecha relato y siguen dando vida”. Habló de la fecundidad callada del “estar con” y del “estar para”, del amor que se expresa en la paciencia, del valor de dejarse cuidar como forma de ofrecer todavía fruto. “Al atardecer de la vida nos examinarán en el amor”, citó, reconociendo que esa prueba final se supera aprendiendo a abandonarse en las manos de Dios.

“Heridas que se vuelven perlas”
Al cierre, Barahona retomó la palabra para enlazar las experiencias vividas con una reflexión honda sobre el poder transformador del Espíritu. “El Espíritu Santo siempre abre nuevas ventanas por donde soplar —afirmó—. No hay fracaso en el desierto. Lo que vivimos son ocasiones de gracia.” Recordó su propia experiencia de cincuenta años de vida comunitaria laical y, desde ella, compartió que las heridas, cuando se ofrecen, se convierten en perlas: en razón de esperanza para el mundo.
El panel dejó un aplauso agradecido. Sus tres testimonios, distintos y complementarios, trazaron un mismo mapa espiritual: en el desierto también se puede florecer. En la fragilidad, la rutina, la vulnerabilidad o la clausura, sigue brotando una esperanza que no se apaga. Quizá, como dijo uno de los ponentes, porque “al final, nos examinarán en el amor, y eso —solo eso— es lo que da sentido a toda una vida dedicada a Dios.”








