Aún dentro del tercer núcleo del programa, aquel que se enmarca dentro de un tono más propositivo, la última sesión de la mañana de este viernes acogió la ponencia “Espacios de prueba, lugares de vida. Duelo, resiliencia y esperanza”, escrita a cuatro manos por el religioso camilo José Carlos Bermejo y Cristina Muñoz Alustiza, enfermera, laica y responsable de programas y de calidad del Centro de Humanización de la Salud de los Religiosos Camilos.
Con un tono profundamente humano y espiritual, el texto propuso una lectura realista y esperanzada del envejecimiento y la reducción de las comunidades religiosas, fenómenos que los autores identifican como verdaderos “espacios de prueba” en los que se aprenden nuevas formas de fidelidad. Lejos de negar las dificultades, los responsables del centro Humanizar ubicado en Madrid invitaron a reconocerlas como oportunidad de crecimiento interior, madurez y sentido pascual: “Podemos instalarnos en la lamentación o aprender a disfrutar del agua que todavía tenemos entre nosotros”.

Envejecer como oportunidad espiritual
Así, la conferencia partió del diagnóstico de una vida consagrada envejecida: miembros mayores, comunidades que cierran, obras que desaparecen. Pero el tono de su reflexión no es de lamento, sino de búsqueda de sentido. “Estamos en duelo —afirmó la ponente—, y el duelo es el precio del amor: nos duele perder personas, comunidades, obras… pero también podemos humanizarnos en ese dolor”. Según explicó Muñoz, el envejecimiento se ha de entender como un proceso de duelo compartido que, si se vive con consciencia y acompañamiento, puede transformarse en un camino de fe.
Así, el texto recurre a figuras literarias y filosóficas —Tolstói, Rilke, Lewis, Séneca— para iluminar el sentido de la pérdida y el valor de elaborar el duelo en comunidad. “Vivir el morir personal o institucional —exhortó la conferenciante— consiste en hacer de la experiencia de pérdidas una oportunidad para buscar sentido y aprender el arte de separarse”.
De la resignación a la resiliencia
Seguidamente, Muñoz Alústiza desarrolla una profunda reflexión sobre la resiliencia en la vida religiosa: la capacidad de doblarse sin romperse, como las palmeras tras la tormenta. En ese sentido, el envejecimiento se entiende como una crisis de identidad, autonomía y pertenencia, pero también como ocasión de reconstrucción interior y de aprendizaje del amor gratuito.
“Ser resiliente —explicó Muñoz— no es negar la crisis ni hacerse el fuerte, sino asumirla con esperanza. Es descubrir que, incluso en el declive, hay vida que cuidar y sentido que construir.”
Humanizar el final: morir con dignidad y con fe
Uno de los pasajes más conmovedores de la intervención se centró en el acompañamiento y la humanización del final de la vida. La conferenciante propuso pasar del simple “morirse” a “adjetivar el morir”: personalizarlo, vivirlo desde la fe, la libertad y la comunión. “Morir dignamente es vivir hasta el final, no morir antes ni permitir que nos mueran los demás”.
De tal modo, los autores invitaron a los consagrados a cultivar el ars moriendi, el arte de morir en clave evangélica, no como resignación sino como testimonio profético: “Una muerte adjetivada es experiencia de amor, de agradecimiento y de misterio. La muerte forma parte de la vida y puede ser también anuncio del Reino”.
La esperanza, ancla de la vida consagrada
En su último tramo, la ponencia trazó una auténtica teología de la esperanza. Así, Muñoz Alústiza afirmó que “la esperanza es el factor humano-terapéutico más importante”, capaz de dinamizar el presente y llenar de sentido incluso las pérdidas inevitables. Frente al desánimo o la tentación de la resignación institucional, invitó a los religiosos a vivir con esperanza paciente y activa: “Cuando sopla el viento del cambio, unos construyen muros para defenderse, otros construyen molinos”.
El texto cerró con una imagen que resume su espíritu: la de las raíces que se abrazan bajo tierra cuando las ramas se agitan en el viento. “Es tiempo —concluyó— de abrazar las raíces, de crear espacios de vida en medio del desierto, de conjugar el verbo amar también en pasiva: dejarnos cuidar, dejarnos querer.”
La ponencia de Cristina Muñoz fue acogida con cerrado aplauso por parte de los asistentes a esta 55ª Semana Nacional de Vida Consagrada, un encuentro que está marcando este año una reflexión lúcida sobre cómo vivir la fe, la vejez y la misión con hondura evangélica y esperanza serena.








