La última conferencia de la tarde corrió a cargo del franciscano Lluís Oviedo Torró, teólogo y sociólogo, que presentó una ponencia partiendo de una pregunta urgente: ¿cómo puede la vida religiosa seguir siendo significativa en una sociedad que parece haber dejado atrás sus valores fundacionales?
Así, la intervención, titulada “El reto de transformarse en minorías significativas”, afrontó sin rodeos la realidad actual de las congregaciones: envejecidas, reducidas y marcadas por la secularización. Oviedo propuso una mirada teológica “desde abajo”, nacida de la experiencia concreta y de un espíritu práctico, más cercano –señalaba– al problem solving que al discurso abstracto. La clave, acotó, está en distinguir “qué ayuda y qué no ayuda” a revitalizar la vida consagrada en el mundo occidental.
El religioso advertía que muchas comunidades han perdido su capacidad de expresar lo sagrado. “Nos hemos asimilado tanto a las tendencias culturales mayoritarias que ya cuesta reconocer en nosotros el signo de la trascendencia”, afirmaba. Por ello, el primer desafío para ser minorías significativas ha de ser frenar la secularización interna y recuperar la intensidad espiritual que da sentido a la consagración. “No hay significatividad si perdemos nuestra dimensión religiosa y trascendente”, subrayó.

Entre los otros retos que plantea, Oviedo destacaba la necesidad de fortalecer la autoestima colectiva, afrontar “con realismo” el tema económico, y reorientar la misión hacia la acogida y el acompañamiento, especialmente en un contexto de soledad y crisis de salud mental. Para el franciscano, muchos monasterios ejercen hoy, casi silenciosamente, una profunda tarea terapéutica: “Quienes escuchan en el silencio a Dios están más capacitados para escuchar a los que sufren”.
El profesor también llamó a recuperar una espiritualidad del trabajo y a combatir la ociosidad que, en su opinión, debilita a las comunidades y las aleja de una vida plena. Asimismo, reconocía la necesidad de replantear la formación ante la creciente temporalidad de las vocaciones, y de asumir con realismo la posible desaparición de algunas congregaciones: “Lo importante es que, si desaparecemos, nos echen de menos por el bien que hemos hecho”.
Oviedo no ve en la crisis solo decadencia, sino una oportunidad sociológica y espiritual para redefinir el papel de la vida consagrada en un mundo secularizado. Frente al pesimismo, invita a las comunidades a convertirse en signos visibles de esperanza, de oración y de servicio, capaces de revelar la presencia de Dios en medio del desierto actual.








