Por la tarde, en la última conferencia del segundo núcleo del programa -el correspondiente al modelo bíblico-, el profesor Ángel Cordovilla, doctor en teología y catedrático de la Universidad Pontificia Comillas, desarrolló la conferencia titulada “Tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Flp 2,7).
El himno de Filipenses: el camino de descenso y ascenso de Cristo
Con un tono sereno y meditativo, Cordovilla partió del célebre himno cristológico de la carta a los Filipenses (Flp 2,6-11), uno de los textos más profundos del Nuevo Testamento, donde san Pablo presenta el movimiento de descenso y exaltación de Cristo. “El Hijo de Dios —recordó— no se aferró a su condición divina, sino que se vació de sí mismo tomando forma de esclavo. Y precisamente por ese abajamiento, Dios lo exaltó”.
El teólogo insistió en que este texto, probablemente de origen litúrgico y prepaulino, no es solo un canto dogmático sobre la encarnación, sino una exhortación práctica dirigida a las comunidades cristianas: invita a “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. A partir de esa clave, Cordovilla fue desgranando el doble movimiento que estructura el himno —descenso y ascenso— y su sentido existencial para la Iglesia y la vida consagrada.

La kénosis de Cristo: libertad para descender
El conferenciante definió el camino de Cristo como un acto de libertad y de amor, no como imposición ni destino trágico. “Nadie me quita la vida; soy yo quien la entrego”, recordó citando el evangelio de Juan. Esa entrega voluntaria —la kénosis o vaciamiento de sí— comienza en la encarnación, se prolonga en la pobreza y culmina en la muerte de cruz.
Cordovilla explicó que la “forma de esclavo” asumida por Cristo no lo separa de su divinidad, sino que revela verdaderamente quién es Dios. “En Jesús —dijo— la humanidad no oculta la divinidad, sino que la manifiesta. El amor de Dios se muestra como amor que desciende, que se abaja hasta el lugar del amado. Por eso, el Hijo de Dios expresa su ser divino precisamente haciéndose siervo”.
Frente al Adán que quiso arrebatar la condición divina, el nuevo Adán —Cristo— la expresa desde la obediencia y la renuncia. “El amor se realiza en el cambio de lugar, en la pérdida de sí”, subrayó el teólogo, evocando las palabras de san Juan de Ávila: “Amónos Dios cuando nos hizo a su semejanza, mas mucho mayor obra es hacerse Él a imagen del hombre”.
La kénosis de Dios: un viraje en la comprensión del poder divino
La segunda parte de la exposición propuso una reflexión radical: si en Jesús el amor de Dios se ha revelado como abajamiento, entonces Dios mismo es kenótico. “No hay que decir que Cristo se vació ‘a pesar’ de su condición divina, sino por su condición divina”, afirmó Cordovilla, siguiendo a autores como Hans Urs von Balthasar. De ahí brota una nueva comprensión de los atributos de Dios: la omnipotencia entendida no como dominio, sino como donación, la santidad que se deja tocar por el pecado, la inmortalidad que abraza la muerte para vencerla.
Con tono casi litúrgico, evocó los improperios del Viernes Santo —Hagios ho Theós, Hagios Ischyrós, Hagios Athanatós— para mostrar que el Dios cristiano es santo, fuerte e inmortal en la debilidad, la entrega y la muerte asumida en el Hijo. “Solo el Dios trinitario —dijo— puede ser al mismo tiempo el Santo y el herido, el Fuerte y el crucificado, el Inmortal y el que muere”.
La kénosis de la Iglesia: un tiempo de descenso como gracia
Desde esta visión de Dios, el profesor Cordovilla abordó un tema decisivo para la vida consagrada y la Iglesia actual: la experiencia de reducción e impotencia como ocasión de fidelidad al Evangelio.
Citó el número 8 de Lumen Gentium para recordar que la Iglesia, como Cristo, realiza su misión en pobreza, persecución y obediencia. “Podemos hablar —dijo— de una kénosis de la Iglesia, entendida no como una tragedia de decadencia, sino como una gracia para vivir más en conformidad con el Señor que anunció el Evangelio en pobreza y persecución”.
Frente a la pérdida de presencia pública y recursos que hoy experimentan las comunidades, invitó a leer esta etapa como una llamada al desprendimiento, a concentrarse en lo esencial, a “preferir lo pequeño y lo necesario sobre lo grandioso y accesorio”. “Solo una Iglesia pobre —añadió— puede ser verdaderamente apostólica y misionera”.

La kénosis del cristiano: vivir según el sentir de Cristo
En la parte final, el teólogo se volvió al plano personal. Retomando la exhortación de Pablo —“Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús”—, explicó que el cristiano está llamado no tanto a imitar exteriormente a Jesús, como a configurarse interiormente con su modo de pensar y amar. Se trata de una imitación que es a la vez ética y mística: “Vivir la humildad, el servicio y la obediencia no como mandatos, sino como expresión de una adoración agradecida”.
Para Cordovilla, esta kénosis personal también tiene implicaciones comunitarias y sociales: “Frente a la carrera de honores del mundo romano —recordó—, Pablo propone la carrera de los deshonores, el cursus pudorum de Cristo. Una alternativa contracultural que transforma la ciudad desde dentro”.
Un llamado al asombro y a la esperanza
La conferencia concluyó con un tono contemplativo: antes que un programa ético, el himno de Filipenses es una proclamación jubilosa de lo que Dios ha hecho en Cristo. “Solo desde el asombro —dijo Cordovilla— puede nacer la imitación. Si contemplamos agradecidos este camino del Hijo, podremos vivir con gozo nuestra propia kénosis”.
Mientras el auditorio permanecía en un silencio denso, el profesor cerró con una frase que sintetiza su pensamiento: “Desde las entrañas del Padre hasta la cruz, todo el arco de la existencia de Jesús nos revela que el poder de Dios es la ternura que desciende”.








