En la primera sesión de la tarde de la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, el salesiano y biblista Juan José Bartolomé Lafuente ofreció una ponencia profunda y provocadora bajo el título “Encuadre teológico. Identidad e identificación”. Su intervención, de tono teológico y existencial, se centró en el malestar contemporáneo de la vida religiosa y en la necesidad de reavivar su fundamento evangélico.
El ponente partió de una constatación clara: “la vida consagrada vive hoy un difuso malestar, un sentimiento de aprensión ante su futuro”, una percepción que —recordó— ya fue apuntada por el padre Pedro Arrupe en la cuarta Semana Nacional del ITVR en 1977. “Han pasado casi cincuenta años desde que Arrupe advirtió que la crisis de la vida religiosa no era solo interna, sino teológica y cultural. Hoy esa crisis persiste, pero ha cambiado de signo: ya no se trata solo de una crisis de identificación con lo que decimos ser, sino más radicalmente de una crisis de identidad, de lo que somos en el Evangelio”.
“No logramos ser lo que decimos ser”
A juicio de Bartolomé, muchos religiosos sienten la dificultad de identificarse cotidianamente con el proyecto de vida evangélico que profesan. “No es que no queramos ser lo que decimos ser —afirmó—, sino que no logramos llegar a serlo. Nos hemos apropiado en exclusiva de la esencia de la vida cristiana, al afirmar que seguimos a Cristo ‘más de cerca’, y corremos el riesgo de confundir nuestra forma de vida con la única plena expresión del Evangelio.”
Por ello, propuso una lectura honesta de la actual situación: la vida religiosa “no padece solo una crisis de identificación —de coherencia—, sino una crisis más honda de identidad, originada por un insuficiente anclaje evangélico”. En ese sentido, instó a revisar teológicamente los fundamentos de lo que significa hoy ser consagrado: “Si en la raíz de nuestro malestar está una vida consagrada insuficientemente evangelizada, no será posible su renovación sin recuperar su sustento en la Palabra y en la experiencia viva de Dios”.

Diagnóstico del malestar: secularización interna y fe debilitada
El profesor salesiano situó la crisis actual en un marco más amplio de secularización cultural que, según dijo, también ha calado “dentro de los conventos y comunidades”. A la larga enumeró algunos síntomas de la enfermedad espiritual de la vida religiosa en Occidente: la falta de vocaciones, la rutina pastoral, la “jubilación espiritual” de muchos consagrados, el desencanto apostólico, la excesiva preocupación por el bienestar y la pérdida de entusiasmo misionero.
“Nos hemos vuelto —dijo con franqueza— más cuidadores de nosotros mismos que del Evangelio. Corremos el peligro de vivir sin entrega y de justificarnos en una vida cómoda y acomodada. Pero una vida que no se entrega deja de ser cristiana.”
A estos rasgos añadió otro más inquietante: el ateísmo práctico dentro de la vida religiosa. “No siempre el problema es la falta de fe confesada —precisó—, sino la falta de fe vivida. Hay religiosos que no niegan a Dios, pero viven como si Dios no contara. Ese es el ateísmo más sutil: el del creyente que ha dejado de dejarse interpelar por Dios.”
Entre la indiferencia y la pérdida de sentido
Bartolomé describió con agudeza el estado anímico de muchos consagrados: “vivimos con poca pasión y con excesivos pasatiempos, con una felicidad entendida como bienestar inmediato”. En esa línea, evocó palabras de Freud, Zubiri, Martin Velasco o Lipovetsky para trazar el perfil del religioso postmoderno, vulnerable y distraído: “La fe ni apasiona ni molesta; reina la indiferencia. Muchos se refugian en la rutina de los reglamentos o en el activismo pastoral, otros en un mundo de pantallas y entretenimiento. Pero ese vacío, aunque no lo reconozcamos, es un síntoma de fatiga espiritual”.
La consecuencia —añadió— es un preocupante divorcio entre fe y vida, donde la dimensión de lo sagrado se desvanece. “Vivimos en una cultura de intrascendencia, y la religión corre el riesgo de volverse invisible. Lo profano ha ocupado también el espacio interior del creyente. La pérdida de Dios no proviene de fuera; se está incubando dentro.”

Dos caminos para la renovación: interioridad y fraternidad samaritana
Frente a este diagnóstico, el teólogo planteó una doble terapia: habitar el propio corazón y salir al encuentro del que nos necesite.
En primer lugar, pues, ha de suceder el retorno al interior. “Antes de evangelizar a otros, hay que evangelizar el propio corazón. La misión empieza con la experiencia personal de Dios. El primer cometido misionero lo tiene el consagrado hacia sí mismo.” Recuperar el silencio, la oración y la intimidad con Dios, dijo, es la condición para recomponer la identidad vocacional. El segundo término, el retorno del samaritano, pasa por saber que “la mística de hoy no huye del mundo, se une a él”, afirmó. “Nuestra fe no se sostiene si no se traduce en compasión activa. Evangelizar hoy es aprender a ver a Dios en el rostro del prójimo, en el sufrimiento y en las heridas del mundo.” Para Bartolomé, la vida consagrada necesita más “prójimos que doctores”, más misericordia que doctrina y una fraternidad capaz de acompañar, perdonar y sanar.
Restituir a Cristo en el centro
En la parte final de su conferencia, Bartolomé propuso recentrar la teología de la vida consagrada en Cristo y el bautismo, subrayando que “la consagración original de todo cristiano no es la profesión religiosa, sino la bautismal”. “Cada bautizado —dijo— es santo por vocación y está llamado a vivir los valores evangélicos —pobreza, castidad y obediencia— según su propio estado de vida. La vida consagrada no es superior a ninguna otra forma de santidad; es solo una manera de hacer visible el modo de vivir de Cristo.”
De ahí su definición más gráfica: “La vida consagrada es la memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús. Su tarea no es reivindicar privilegios, sino hacer presente, aquí y ahora, a Cristo pobre, obediente y fraterno.”
“Sin fe viva no hay identidad posible”
En sus conclusiones, el salesiano resumió: “El malestar en la vida religiosa no se supera reestructurando comunidades ni optimizando recursos, sino reavivando la experiencia de Dios y la pasión del Evangelio. La crisis actual no es la del número de miembros, sino la del corazón creyente. Sin fe viva, no hay identidad posible”, concluyó.








