En el Salón de Actos de los Salesianos del madrileño Paseo de Extremadura se ha inaugurado la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, organizada por el Instituto Teológico de Vida Religiosa (ITVR) bajo el lema “Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto”. Con esta edición, el evento que desde hace más de medio siglo impulsa la reflexión teológica sobre la vida consagrada en España, afronta una de las cuestiones más importantes de este tiempo: el descenso numérico y el envejecimiento de las comunidades religiosas, como signo de crisis, pero también como llamada a la fidelidad renovada.
En la mesa presidencial han participado Mons. Luis Ángel de las Heras, obispo de León y presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada; fray Jesús Díaz Sariego, presidente de la CONFER; María José Tuñón, directora del Secretariado de la Comisión Episcopal; Mons. Carlos Simón Vázquez, vicedecano de la UPSA; Adolfo Lamata, superior mayor de los misioneros claretianos de la provincia de Santiago; y el P. Antonio Bellella, director del ITVR y de estas jornadas.
“De la crisis a la metamorfosis”
En su intervención inaugural, Antonio Bellella CMF recordó que la vida consagrada europea atraviesa “una crisis cronificada que se ha convertido en su clima ordinario”, pero subrayó que este momento debe ser leído en clave pascual y no como signo de agonía. “No se trata solo de conceptos ni de estadísticas, sino de personas concretas y de historias que han hecho un recorrido paralelo al de la Iglesia en los últimos 60 años: desde la euforia del posconcilio hasta el cansancio actual”, señaló.
El director del ITVR reconoció que los consagrados viven hoy “una profunda metamorfosis” que afecta a la fe, la vocación, la misión y la fraternidad, pero advirtió que esa transformación puede ser un espacio teológico fecundo: “La reducción que afrontamos —numérica, estructural y simbólica— puede entenderse como una kénosis eclesial, un vaciamiento que nos devuelve al Evangelio: la debilidad como lugar teológico, la comunión como profecía”.
Invitó además a recuperar una espiritualidad del “desierto habitado”: no un espacio de resignación, sino de revelación y esperanza. “Dios no estaba en el terremoto ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa suave —evocó—. Habitar el desierto significa aceptar el paso del Espíritu, confiar más en la fecundidad de Dios que en la eficacia de nuestros programas.”
Bellella animó a leer este proceso no como declive, sino como semilla de nueva vida: “Somos el resto fiel del que habla la Escritura. Lo pequeño sigue siendo signo de lo grande. Nuestra tarea no es contar supervivientes, sino seguir creyendo que los huesos pueden volver a vivir.”
Adolfo Lamata: “Levantar la mirada para leer la realidad con esperanza”
El religioso Adolfo Lamata, en su saludo como superior mayor de la provincia de Santiago, se dirigió a los asistentes con un tono cercano y esperanzado. Agradeció la presencia de las numerosas comunidades que siguen participando —este año, mayoritariamente de forma telemática— en estas jornadas como signo de responsabilidad eclesial. “El tema que nos convoca no es neutro —reconoció—. Nos toca por dentro. Habla de obras que se cierran, de comunidades que envejecen, de decisiones que duelen. Pero también habla de cómo nos situamos ante un cambio de época que no hemos elegido, pero que podemos iluminar desde la fe.”
Recordando una conversación con un hermano enfermo, Lamata subrayó una de las claves: “La enfermedad y la fragilidad tienden a encerrarnos en nosotros mismos. Pero la salida es levantar la mirada. En la vida consagrada necesitamos hacerlo: mirar a Cristo, a los hermanos y al mundo.” Y añadió con sencillez: “Esta situación solo será fecunda si se acepta con verdad y se vive con libertad. Miremos la reducción no como una derrota, sino como un kairós, un tiempo oportuno. La cuestión no es cómo recuperar lo que fuimos, sino qué forma de vida consagrada necesita hoy el Evangelio en Europa.”
El misionero pidió que estas jornadas sean un tiempo de lucidez, para mirar la realidad sin maquillarla; de serenidad, para no dejarse atrapar por el miedo ni la nostalgia; y de valentía, para imaginar caminos nuevos “más ligeros, más evangélicos y más acordes con lo que el Espíritu está susurrando a nuestras comunidades”.
“Una Iglesia decidida a aprender el seguimiento”

Por su parte, Mons. Luis Ángel de las Heras, también misionero claretiano, agradeció al ITVR la creación de estos espacios de discernimiento y comunión: “La Iglesia necesita una vida consagrada menos preocupada por contar casas, religiosos y obras, y más decidida a aprender el seguimiento de Cristo aunque llevemos paso lento y bastón”.
En la misma línea, fray Jesús Díaz Sariego, presidente de CONFER, reclamó profundizar en la fidelidad teologal ante los desafíos actuales. “La vida consagrada está viviendo su propio Kairós; hay una voluntad de Dios en lo que nos pasa, y hemos de descubrirla”, afirmó.
También María José Tuñón, directora del Secretariado de la Comisión Episcopal, destacó que la reducción puede ser un momento para “desaprender inercias y desconfianzas” y para redescubrir que “Él nos precede en las Galileas del mundo”.
Desde la perspectiva académica, Mons. Carlos Simón, vicedecano de la Universidad Pontificia de Salamanca, evocó la imagen bíblica de la levadura como símbolo de la vida religiosa: “Aunque la coyuntura sea de debilidad, la lógica cristiana remite siempre a la humildad del Evangelio: lo importante no es el número, sino la fidelidad a la voz de Dios que se escucha en el desierto”.
Una Semana para leer la reducción en clave de esperanza
La 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, que se celebra en Madrid hasta el 11 de abril en modalidad presencial y online, reúne a teólogos, religiosos y expertos de todo el país para reflexionar sobre los caminos de renovación de la vida consagrada.
El ITVR —obra de los Misioneros Claretianos— propone en esta edición un itinerario que ayude a observar el presente con esperanza, discernir los signos del Espíritu y renovar la identidad carismática sin nostalgia ni miedo. Para ello, se apoyará en cuatro núcleos. El primero ofrecerá tres miradas (teológica, sociológica y eclesial); el segundo, tres modelos bíblicos; el tercero está basado en tres experiencias; y por último, el cuarto, se sostiene en diversas experiencias eclesiales.








