En su primera intervención como director, el P. Sánchez Orantos pidió al claustro y al alumnado un compromiso renovado con la calidad académica —«sigamos exigiéndonos lo mejor de nosotros mismos»— e invitó a los estudiantes a vivir el curso «como una verdadera oportunidad para el estudio y la reflexión profunda». Así, describió la misión del Instituto en un tiempo de hondas transformaciones, ante las cuales «estamos llamado a ofrecer reflexión, formación, acompañamiento, esperanza y caminos de creatividad».
La Misa del Espíritu Santo

La jornada comenzó con la Misa del Espíritu Santo, celebrada en la memoria litúrgica de santa Teresa del Niño Jesús, doctora de la Iglesia, y fue presidida por el P. Adolfo Lamata Muyo, superior mayor de los Claretianos de Santiago, provincia en que se desarrolla la labor de ambas instituciones académicas. En su homilía, el P. Lamata invitó a situar el curso que comenzaba bajo la mirada del Señor, entendiéndolo no como un simple calendario de clases, seminarios y trabajos, sino como un camino de discipulado. A partir de las palabras del Evangelio de san Juan —«Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba»—, se propuso la sed como la pregunta inicial del curso: sed de Dios, de verdad, de comunión, de sentido, de una mayor configuración con Cristo.

El misionero, presidente del acto en nombre del superior general de la congregación, P. Mathew Vattamattam, recordó que toda auténtica formación teológica nace de ese movimiento interior. De tal modo, antes de ser estudiantes somos discípulos, y solo cuando el conocimiento nace del encuentro con Cristo se convierte en verdadera sabiduría. La memoria de la santa de Lisieux sirvió para subrayar que la inteligencia de la fe crece allí donde crece el amor, y que la teología encuentra su verdad más honda cuando permanece unida a la oración. La homilía concluyó con la invitación a no perder nunca esa sed —«de noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente, solo la sed nos alumbra»— y a llegar a ser «fuentes de agua viva» para los demás, porque el discípulo no está llamado solo a recibir, sino a dar.

Calidad académica, acompañamiento y mirada teologal
Ya en el acto académico, el P. Antonio Sánchez Orantos dio la bienvenida a la comunidad educativa y situó la misión del Instituto ante un tiempo marcado por la fragilidad de muchas instituciones, la disminución de vocaciones y el envejecimiento, y la necesidad de revisar presencias y obras. «Nuestro Instituto no puede permanecer ajeno a estos procesos», afirmó.
Para ello, subrayó en primer lugar el compromiso con una oferta académica de calidad: «No podemos conformarnos con repetir lo ya sabido ni con administrar inercias. La realidad nos pide rigor intelectual, profundidad teológica, sensibilidad pastoral y capacidad de diálogo con las preguntas de nuestro tiempo». De ahí su petición a los profesores de cuidar los contenidos, actualizar las perspectivas y ayudar a los alumnos a pensar la fe y la vida consagrada «con hondura y libertad». A los estudiantes les pidió dejarse interpelar por lo que estudian y dedicar tiempo a la lectura, al diálogo y al pensamiento personal, recordando que la formación teológica, vivida así, «se convierte también en un camino de discernimiento, de maduración humana y espiritual, y de renovación de la propia vocación y misión».

Sánchez Orantos también dedicó una atención específica al desarrollo y uso de la inteligencia artificial en el ámbito académico. Reconoció sus posibilidades valiosas para el estudio, la investigación y la docencia, pero alertó sobre los interrogantes éticos que plantea, y de tal modo llamó a emplearla «con responsabilidad, transparencia y espíritu crítico», evitando que sustituya al esfuerzo personal, la reflexión propia, el diálogo y la búsqueda honesta de la verdad. Anunció que el Instituto ofrecerá los medios necesarios para aprender juntos a integrarla respetando la autoría, la integridad académica y la dignidad humana. Prueba de todo ello dará el próximo ciclo de conferencias ‘Los Jueves del ITVR’, que tratará este tema contando con una mirada interdisciplinar, ofreciendo una profunda reflexión sobre la encíclica del papa León XIV Magnifica humanitas, que invita a ahondar en la grandeza y la dignidad de la persona humana.
Junto al rigor académico, el profesor y religioso claretiano insistió en la tarea de acompañar los procesos vitales de las personas consagradas —sus búsquedas, discernimientos, crisis, esperanzas y deseos de mayor fidelidad al Evangelio— y pidió que el Instituto sea «un espacio de encuentro para caminar sinodalmente». Todo ello, añadió, encuentra su sentido último en la misión, y requiere aprender a mirar el tiempo presente «con ojos teologales»: mirar con fe, reconociendo que Dios continúa actuando en la historia; con esperanza, «no identificar la fragilidad con el fracaso ni la disminución con la ausencia de futuro»; y con caridad, sin juicios apresurados.

Entre los compromisos del curso señaló la consolidación de la colaboración con el CEDIS, Conferencia Española de Institutos Seculares, y reiteró la responsabilidad del Instituto respecto de la Cátedra Iglesia. Secularidad. Consagración, delegada por la Universidad Pontificia de Salamanca, que quiere ser un verdadero espacio de estudio, encuentro y servicio eclesial.
Recordando el tema sobre el que pivotó la Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada del curso pasado, cuando los esfuerzos del Instituto se dirigieron a iluminar y afrontar la reducción de efectivos que atraviesan muchas congregaciones, pidió en la tarde de ayer dar ahora un paso más. En efecto, no conviene ignorar el desierto ni refugiarse en un optimismo fácil, sino que exhortó a atravesarlo «sostenidos por la promesa de Dios», con una esperanza activa capaz de engendrar vida y una creatividad que no nazca de la ansiedad por sobrevivir, sino de la escucha. Evocó para ello la palabra de Isaías: «Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto» (Is 43,19).
La lección inaugural
La lección inaugural corrió a cargo del P. Teodoro Bahillo Ruiz, bajo el título Germen y madurez: el discernimiento eclesial de las asociaciones in itinere.
Partiendo de la imagen evangélica de la semilla —«una promesa, no una certeza»—, recordó que toda forma de vida consagrada hoy admirada comenzó siendo una realidad pequeña, frágil e incierta: san Benito retirado en una cueva, san Francisco antes de toda Orden universalmente reconocida, la reforma de santa Teresa de Jesús mirada durante años con cautela, santo Domingo y san Antonio M.ª Claret acompañados al principio por solo unos pocos. Ninguno apareció con constituciones perfectas, estructuras jurídicas acabadas ni reconocimientos definitivos.

Desde ahí planteó la cuestión de fondo. Así, a juicio del profesor y asesor jurídico en la Conferencia Española de Religiosos, hablar de las asociaciones in itinere es tocar el corazón mismo de la eclesiología si no perdemos de vista la relación entre la libertad creadora del Espíritu y la responsabilidad discerniente de la Iglesia. Recordó que en las últimas décadas han surgido numerosas fundaciones, comunidades, movimientos y asociaciones de fuerte vitalidad espiritual, notable atractivo vocacional y considerable capacidad apostólica, con trayectorias muy diversas. Algunas han alcanzado una fecunda estabilidad institucional, otras han atravesado crisis importantes y hay quienes han sido objeto de profundas intervenciones eclesiales. El camino entre el nacimiento de un carisma y su reconocimiento definitivo, subrayó, rara vez es lineal.
De ahí su conclusión, fundamentada en un discernimiento de los carismas que no podrá nunca ser una tarea secundaria de la Iglesia, sino una de sus responsabilidades fundamentales. La Iglesia no crea los carismas, pero tiene el deber de reconocerlos, de corregirlos cuando es necesario y, en ocasiones, de declarar que un determinado proyecto no manifiesta signos suficientes de autenticidad eclesial.
Clausura del acto
El acto se cerró con la intervención del P. Adolfo Lamata Muyo, quien agradeció la confianza de las instituciones de vida consagrada que acompañan al Instituto y a la ERA. Al tiempo, el P. Lamata tuvo un reconocimiento especial para el director saliente, P. Antonio Bellella, y deseó lo mejor al nuevo equipo directivo. Tras recordar que cada comienzo es gracia y responsabilidad, y que la formación teológica no es acumulación de conocimientos sino respuesta a la llamada de Dios, citó las palabras iniciales de Magnifica humanitas —«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos»— y declaró oficialmente inaugurado el curso académico 2026-2027.









