Textos Bíblicos

«No temas, pequeño rebaño» (10 de abril)

«Cuando Israel era niño, lo amé,
Y desde Egipto llamé a mi hijo.
Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí:
ofrecían sacrificios a los baales
y quemaban ofrendas a los ídolos.
Yo enseñé a Efraín a caminar y lo llevaba en mis brazos,
y ellos sin darse cuenta de que yo los cuidaba.
Con correas de amor los atraía, con cuerdas de cariño.
fui para ellos como quien levanta el yugo de la cerviz;
me inclinaba y les daba de comer». (Os 11,1-4).

«Así dice el Señor:
Yo haré derivar hacia ella como un río, la paz;
como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones.
Llevarán en brazos a sus criaturas
y sobre sus rodillas las acariciarán;
como un niño a quien su madre consuela,
así os consolaré yo,
en Jerusalén seréis consolados.
Al verlo se alegrará vuestro corazón
y vuestros huesos florecerán como un prado» (Is 66, 12-14).

«No estéis con el alma en un hilo buscando qué comer y qué beber. Son los paganos los que ponen su afán en esas cosas; ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de todo eso. Buscad más bien su reino y esas cosas se os dará por añadidura.
No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino.
Vended todos vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla corroe; porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,29-34).

«Vuestros ancianos profetizarán… los jóvenes tendrán visiones» (11 de abril)

«Reunió Moisés a setenta ancianos del pueblo y los puso alrededor de la Tienda. Bajo el Señor en la nube y le habló. Luego tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero no volvieron a hacerlo más.
Habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Meldad. Reposó también sobre ellos el espíritu, ya que, si bien no habían acudido a la Tienda, eran de los designados. Y profetizaban en el campamento. Un muchacho corrió a avisar a Moisés: ‘Eldad y Meldad están profetizando en el campamento’. Josué, hijo de Nun, que estaba al servicio de Moisés desde su mocedad, tomó la palabra y dijo: ‘Mi señor Moisés, prohíbeselo’. Le respondió Moisés: ‘¿Es que tú estás celoso por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo de Dios profetizara porque el Señor les daba su espíritu!» (Nm 11,24-19).

«Después de esto derramaré mi espíritu sobre todos:
vuestros hijos e hijas profetizarán,
vuestros ancianos soñarán sueños,
vuestros jóvenes verán visiones.
También sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu aquel día.
Haré prodigios en cielo y tierra: sangre, fuego, humareda;
el sol aparecerá oscuro y la luna ensangrentada,
antes de llegar el día del Señor, grande y terrible.
Todos los que invoquen el nombre del Señor se librarán:
en el monte se Sión quedará un resto –lo dice el Señor–,
en Jerusalén los supervivientes que él convoque» (Jl 3,1-5).

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como de una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; se llenaron todos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hch 2,1-4).

«Sálvame, Señor, que perezco» (12 de abril)

«Ahora, así dice el Señor.
tu creador, Jacob,
tu plasmador, Israel.
‘No temas, que yo te he rescatado,
te he llamado por tu nombre. Tú eres mío.
si pasas por las aguas, yo estaré contigo,
si por los ríos, no te anegarán.
Si andas por el fuego, no te quemarás,
ni la llama prenderá en ti.
Porque yo soy el Señor tu Dios,
el santo de Israel, tu salvador.
[…] He puesto por expiación tuya a Egipto,
[…] dado que eres precioso a mis ojos,
eres estimado, y yo te amo.
[…] No temas, que yo estoy contigo» (Is 43,1-5)

«Subió a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas; pero él estaba dormido. Acercándose ellos le despertaron diciendo: ‘¡Señor, sálvanos, que perecemos!’. Díceles: ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe’? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Y aquellos hombres, maravillados, decían: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?’» (Mt 8,25-27).

«Inmediatamente, obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de seguir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: ‘Es un fantasma’, y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: ‘¡Ánimo!, soy yo; no temáis’. Pedro les respondió: ‘Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas’ ‘¡Ven!, le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo, y, como comenzaba a hundirse, gritó: ‘¡Señor, sálvame!’. Al punto Jesús tendió la mano, le agarró y le dice: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?’. Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: ‘Verdaderamente eres Hijo de Dios’» (Mt 14, 22-33).

Para la tarde del 13 de abril

Las ocho montañas

«Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verlo le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,16-20).

Actitudes personales y comunitarias

«La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían ellos en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de las ventas, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad» (Hch 4,32-35).

Plan de mejora económica

«Jesús dijo a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda. Le llamó y le dijo: ‘¿Qué es lo que oigo de ti? Dame cuenta de la administración, porque ya no seguirás en el cargo’. Se dijo entre sí el administrador: ‘¿Qué haré ahora que mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea destituido del cargo me reciban en sus casas.
Y llamando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. Respondió: ‘Cien medidas de aceite’. Él le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’ Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Dícele: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’.
El Señor alabó al administrador injusto porque había obrado con sagacidad, pues los hijos de este mundo son más sagaces con los de su clase que los hijos de la luz’.
Yo os digo: ‘Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas’» (Lc 16,1-9).

Para el día 14 de abril

Imaginación misionera

«Jesús vino a Nazará, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día del sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido
para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado
para proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar libertad a los oprimidos,
y proclamar el año de gracia del Señor.
Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: ‘Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy. Y todos daban testimonio de él, y estaban admirados de las palabras de gracia que salían de su boca» (Lc 4,14-22).

El joven rico

«Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y, arrodillándose ante él, le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?’. Jesús le dijo: ‘¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre’. Él, entonces, le dijo: ‘Maestro todo eso lo he guardado desde mi juventud’. Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: ‘Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme’. Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10,17-22).

Lunes 16 de abril de 2007