Buenas tardes. Iniciamos ahora la XXXVII Semana de VC. Es, sin duda, un acontecimiento de Resurrección. Nuestra presencia trae el calor de muchas comunidades y acontecimientos de salvación. Venimos a este congreso con el dolor de nuestro pueblo y la pobreza de nuestras manos unida a la confianza en la Palabra que es vida y agua en tierra reseca.
Entrar en la escuela de la Palabra es la actitud creyente que necesita nuestro mundo. Superar la tentación de ofrecer soluciones con nuestras palabras o nuestra palabrería, para dejar que hable Él. Sólo él y todos nosotros como discípulos, ofrecer la docilidad de nuestras posibilidades para que esa Palabra llegue a los hogares y comunidades que hace tiempo no oyen, ni sienten, ni aman la Palabra.
A lo largo de estas jornadas oiremos y celebraremos diferentes claves que nos llevarán a entender la Palabra como un todo armónico: La presencia del Resucitado desde el inicio de los tiempos. Los ponentes desde su peculiar reflexión e interiorización de la Voz de Dios van a acercar esa Palabra que se hace palpable en todos los resortes de la existencia. La clave no está en desentrañarlo todo, más bien se nos pide amarlo todo, integrarlo, hacerlo nuestro… Así hay que leer la Biblia, así hay que rezarla, así hay que proponerla… con entusiasmo y fervor, apasionadamente, vibrando con todas y cada una de las notas de la inmensa sinfonía que atesora dentro. Para que su fuerza cure nuestras cojeras, sane nuestros ojos ciegos a fin de contemplar el sagrado espectáculo de nuestra humanidad, restablezca nuestras pobres manos avarientas y las abra pródigamente hacia los más necesitados y haga latir, de nuevo, nuestro pobre corazón reseco…
Entrar en la Escuela de la Palabra, es entrar en la escuela del consenso, de la armonía… Es llegar a entender que es más grande lo que nos une, que lo que nos diferencia… Entrar en la escuela de la palabra nos hace volver a la Pasión por la Misión, a aquello por lo que entregamos lo mejor de nuestra vida: Nuestro amor y juventud. La Escuela de la palabra, puede ser la gran propuesta, la única, para recuperarnos y confortarnos en la seguridad de que la llamada a la Consagración por parte de Dios es en cada uno de nosotros una invitación a la gran batalla del Reino, frente a las pequeñas batallas con las que, en ocasiones, empañamos la vitalidad de nuestra Misión.
Ya, desde este instante, sentíos todos acogidos, reconocidos y convocados en la Escuela de la Palabra. Sabed que vuestra presencia y vitalidad; vuestra historia y entrega forman parte de ese gran libro de vida que es nuestra esperanza en el Dios de la Palabra. Porque la Escuela de la Palabra también nos conforta y anima; nos serena y felicita… Aceptar esta necesidad de dejarnos enseñar por el único Maestro, nos lleva a agradecer todo lo que con renglones torcidos escribe en la vida de cada consagrado, en cada uno de nosotros… Todo lo que permanece en la vida íntima, como bien expresa el autor del Evangelio de Juan… Muchas otras cosas está haciendo Jesús… “si se pusiesen por escrito, una por una, creo que este mundo no podría contener los libros…”
La 37ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada ha escogido un tema fundamental para conseguir aquella revitalización carismática de nuestros institutos y comunidades, que anhelamos. No se trata de una semana bíblica, aunque la Palabra de Dios nos vaya a acompañar en todo momento. No se trata, ni siquiera, de una semana sobre la Palabra de Dios, aunque a ella recurriremos constantemente. Es una Semana de estudio centrada en la vida consagrada como “Escuela de la Palabra”, como espacio en el que la Palabra de Dios es escuchada, acogida, comprendida, orada, aprendida, puesta en práctica.
Si en la antigüedad la comunidad monástica se presentaba en la Iglesia como “schola Domini”, o “schola dominici servitii”, hoy queremos recuperar esa conciencia y redescubrinos desde esa identidad “escolar”. Los novicios y novicias del antiguo monacato se acercaban a la comunidad monástica para ser admitidos en la “schola Domini”. ¿Lo son también nuestros novicios y novicias actuales? ¿Son actualmente nuestros institutos y comunidades auténticas “escuelas”, espacios de aprendizaje y en qué niveles de calidad? ¿Existe también entre nosotros el fracaso escolar?
Aunque estas preguntas parezcan muy drásticas, la verdad que la vida consagrada ha dado pasos decisivos en la recuperación de esta identidad. La Palabra de Dios ocupa el centro de nuestro corazón y nuestros proyectos. Ella es, cada vez más, raíz y fuente de todo lo que somos. Pero, sí, necesitamos una reforma escolar que afecte –en red- a todas nuestras comunidades: podemos mejorar mucho nuestra calidad. Debemos aprender a aprender, a recuperar nuestra identidad de discípulos y aprendices.
En este Semana vamos a visitar –dentro de la gran Universidad de la Palabra- cinco escuelas (¡no todas!), que llevan estos nombres: Sabiduría, Profecía, Salmos, Jesús, Apocalíptica. Y es que en ellas queremos aprender el arte de ser más sabios, más profetas, mejores orantes, más discípulos de Jesús, más apocalípticos.
Nos introducirán en estas Escuelas de la gran Escuela reconocidas y reconocidos exégetas y pensadores. Serán nuestros mistagogos y mistagogas. Nos introducirán en ellas para dejarnos con el ansia del volver y de frecuentarlas. Dedicaremos las tardes a la visita a cada una de las Escuelas y a la actualización de sus enseñanzas. Dedicaremos las mañanas –en las cuales nuestra Asamblea se dividirá en dos grupos- al foro, al diálogo, a la aportación más personal al tema.
El último día reflexionaremos sobre el aprendizaje compartido, como proyecto congregacional y como proyecto eclesial.
Que sea esta semana, algo así como la maqueta de un serio proyecto de futuro en nuestros institutos. Y que quienes nos presiden tengan el arrojo necesario para impedir que nuestras escuelas se deterioren y para convertirlas siempre más en “escuelas de sueños todavía no cumplidos”. Y es que en la “escuela de la Palabra” aparece el Señor Resucitado. Hermanas, hermanos, ¡Feliz Pascua de Resurrección!
José Cristo Rey García Paredes, cmf
Director del Instituto Teológico de Vida Religiosa
Madrid, 25 de marzo de 2008
INTRODUCCIÓN
1. EL DESEO DE LA SABIDURÍA: AYER, HOY Y SIEMPRE
2. LA SABIDURÍA BÍBLICA Y SUS LIBROS
3. LA SABIDURÍA Y SUS MÚLTIPLES SIGNIFICADOS
4. EL MUNDO SEGÚN LOS SABIOS
5. SABIDURÍA Y TEMOR DE DIOS
6. LA SABIDURÍA PERSONIFICADA
7. LA DIMENSIÓN SAPIENCIAL DE LA VIDA RELIGIOSA A MODO DE CONCLUSIÓN
Textos
«Toda sabiduría viene del Señor, y está con él por siempre» (Sir 1,1) Sir 1,11-20
11El temor del Señor es gloria y honor, alegría y corona de júbilo. 12El temor del Señor deleita el corazón, da alegría, gozo y larga vida. 13El que teme al Señor, tendrá un buen final, el día de su muerte será bendecido. 14Principio de la sabiduría es temer al Señor, ella fue creada con los fieles en el seno materno. 15Entre los hombres estableció su asiento eterno, y con su descendencia se mantendrá fiel. 16Plenitud de la sabiduría es temer al Señor, ella embriaga a sus fieles de sus frutos. 17Les llena toda la casa de cosas deseables, y los graneros de sus productos. 18Corona de la sabiduría es el temor del Señor, ella hace florecer la paz y la buena salud. 19Hace llover ciencia e inteligencia, y exalta la gloria de los que se aferran a ella. 20Raíz de la sabiduría es temer al Señor, sus ramas son larga vida.
Sir 2,15-17
15Los que temen al Señor no desobedecen sus palabras, los que lo aman siguen sus caminos. 16Los que temen al Señor buscan su agrado, los que lo aman cumplen su ley. 17Los que temen al Señor tienen el corazón dispuesto y se humillan delante de Él.
Sir 39,5-6
5De mañana, con todo el corazón, se dirige al Señor su Creador; derrama su súplica delante del Altísimo, abre su boca en la oración, y pide perdón por sus pecados. 6Si el Altísimo lo quiere, lo llenará de espíritu de inteligencia, le hará derramar sabias palabras, y en la oración dará gracias al Señor.
Sir 4,11-19
11La sabiduría hace crecer a sus hijos y se cuida de los que la buscan. 12El que la ama, ama la vida y los que madrugan por ella se llenarán de gozo. 13El que a ella se agarra heredará la gloria y dondequiera que vaya, el Señor le bendecirá. 14Los que la sirven, rendirán culto al Santo y a los que la aman, los ama el Señor. 15El que la escucha, juzgará a las naciones y el que a ella se aplica, plantará su tienda en firme. 16Si confía [en ella], la recibirá en herencia, y sus descendientes la tendrán en posesión, 17porque al principio paseará con él por caminos tortuosos, miedo y temblor le infundirá y le atormentará con su disciplina, hasta que podrá confiar en él, y le pondrá a prueba con sus exigencias, 18y de nuevo volverá a él por el camino recto y le alegrará y le revelará sus secretos. 19Si él se desvía, le abandonará, y le dejará a merced de su propia ruina.
Presentamos seguidamente las ideas más importantes de su intervención, realizada por la prof. Mari Carmen Martínez, hcsa:
La tradición bíblica se inserta en una constante cultural de todos los pueblos y épocas: el deseo de la sabiduría. Nuestro mundo actual no es una excepción aunque nuestra concepción de “sabiduría” sea distinta a la de los antiguos, sea más intelectual y cognoscitiva y menos ligada a los aspectos prácticos y éticos de la vida. Es verdad que hemos hecho grandes progresos pero la inteligencia por sí sola no basta, debe ir acompañada de la sabiduría, esa cualidad o virtud que suscita en el corazón humano el deseo y el amor por la verdad y el bien.
La "Gaudium et Spes" expresaba la necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los descubrimientos de la humanidad y para evitar los peligros que acechan al destino futuro del mundo.
La sabiduría bíblica pertenece a la esfera de lo religioso. Aún cuando el punto de partida del sabio es siempre una experiencia de lo humano y lo cotidiano, él tiene una clara conciencia de sus límites en cuanto ser creado por Dios. El ser humano forma parte de una creación presidida por la precisión y el orden.
El sabio se siente capaz de comprender y respetar el orden de la creación. Sus enseñanzas están orientadas a la defensa y conservación de este orden. De esta manera el justo respeta el orden, mientras que el malvado prescinde de él o intenta destruirlo. Esta tipología está respaldada por la teoría de la retribución. Aquí se manifiesta la crisis de la tarea sapiencial, surgida entre la falta de correspondencia entre acción y resultado: el fracaso de los justos y el triunfo de los malvados. Los sabios intentan responder a los interrogantes surgidos de esta crisis. Sus respuestas se concretan en cuatro aspectos que Ben Sira nos presenta: a) La relación entre sabiduría y temor de Dios, b) la personificación de la sabiduría, el acercamiento o identificación entre sabiduría y ley y la encarnación de la sabiduría en la historia de Israel.
El temor del Señor para los sabios se caracteriza por su dimensión ética: “la sabiduría consiste en el temor del Señor y sólo hay sabiduría cuando se practica la ley” (Sir 19,20). El temor del Señor es el principio, la plenitud, la corona y la raíz de la sabiduría. Éste aparece unido al amor del Señor (Sir 2, 15-17). Un amor que se traduce como confianza, diálogo, cercanía, reciprocidad, etc. El sabio está en constante diálogo con el Señor, así oración y sabiduría están estrechamente unidas. La oración se convierte en una norma de vida de toda persona que busca la sabiduría.
En clave sapiencial buscar la sabiduría es lo mismo que buscar al Señor. Esta personificación aparece en los libros sapienciales con rostros distintos, pero siempre rostros de mujer. El que busca la sabiduría termina encontrando al Señor, porque la escuela de la sabiduría es en definitiva la escuela del Señor. Así el objetivo último del aprendizaje es entrar en relación con el Señor.
En la escuela de la sabiduría, el camino es el lugar de prueba por excelencia. La sabiduría primero conduce al discípulo por senderos tortuosos y lo somete a su disciplina y exigencia, pone a prueba al joven con finalidad estrictamente pedagógica. Esto durará hasta que el discípulo se haga digno de su confianza y ella le revele sus secretos. Por propia iniciativa la sabiduría se deja conocer, se revela y permite que el discípulo pueda entrar en relación con ella. La sabiduría es compañera de ruta del discípulo aún cuando le hace pasar por difíciles trances. La sabiduría bíblica y la Vida Religiosa tienen puntos de contacto que iluminan nuestra opción por el Reino y abren nuevos horizontes a nuestra acción evangelizadora. La dimensión sapiencial de la Vida Religiosa es una realidad plural que incide en varios ámbitos: dimensión humana, formativo-pedagógica, de servicio, religioso-ecuménica y ecológica.
Dimensión humana. Los libros sapienciales se ocupan de la vida humana en toda su amplitud y dramatismo, ofreciendo una visión humanística y universalista de la vida. La sabiduría bíblica se convierte así en la puerta de acceso a la Biblia de los que, aunque creen en el ser humano, no creen en Dios. A esto hay que añadir que la Vida Religiosa, está llamada a preocuparse también por todo lo que es humano, nada de lo acontece al ser humano nos es indiferente.
Dimensión formativo-pedagógica. Los libros sapienciales invitan a buscar la sabiduría como el bien supremo, advirtiendo de las dificultades y pruebas y describen poéticamente el anhelado encuentro. La Vida Religiosa es también itinerario formativo que dura toda la vida. Dimensión de servicio. El sabio no es para sí mismo sino para los demás: para los que buscan la sabiduría, para instruir al pueblo… La Vida Religiosa con su entrega manifiesta que se puede vivir movidos por un amor gratuito y no por intereses creados.
Dimensión religioso-ecuménica. Los sabios fueron auténticos creyentes. La sabiduría bíblica permite establecer puentes entre personas de diferentes confesiones religiosas. Reto importante para la Vida Religiosa, que al igual que los sabios, tiene que traducir en categorías universales las experiencias de fe para facilitar el diálogo interreligioso.
La dimensión ecológica. El descubrimiento y el respeto en los sabios del orden de la naturaleza nos tiene que ayudar a reflexionar sobre la crisis de la Tierra y a adoptar actitudes coherentes.
La Vida Religiosa tiene una dimensión sapiencial que nos invita a abandonar nuestro pequeño mundo, nuestras visiones miopes, preocupaciones de corto alcance, para abrirnos a un horizonte más humano, más pedagógico, más ecuménico, más ecológico, en definitiva más universal.
Quisiera enmudecer y callar incluso respecto a las cosas buenas (cf. Sal 39,3), para poder así disponer mi oido a una mayor atención y aprender a través de la disciplina del silencio en la escuela de la Palabra (Guerrico d’Igny, Sermones in nativitate Domini V,2)
PREMISA
I. LECTIO DIVINA Y VIDA RELIGIOSA
1. El fin del destierro
2. Hacia una nueva identidad
3. Momento de gracia
II. ¿QUÉ ES LA LECTIO DIVINA?
1. Visitas del Verbo
2. Acontecimiento
3. Objeto de la lectio divina
III. APORÍAS Y DIFICULTADES EN LA PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA
1. Dificultades
2. Criterios esenciales
IV. LA FORMACIÓN PARA LA LECTIO DIVINA
CONCLUSIÓN: LOS FRUTOS DE LA LECTIO DIVINA
He aquí el resumen de su intervención, realizado por la prof. Mari Carmen Martínez, hcsa:
La lectio divina introduce a nuestras comunidades en la escuela de la Palabra. La escucha orante de Dios, que nos habla a través de las Escrituras, es fuente de enseñanzas y de vida abundante.
El concilio Vaticano II hizo renacer la práctica de la lectura de la Palabra. La vida religiosa puede encontrar en ella una ocasión inmejorable para re-identificarse como vida evangélica aquí y ahora, una rampa de lanzamiento para crear nuevas formas y estructuras comunitarias, para inventar palabras y gestos, para organizar tiempos y espacios que hagan visible a los hombres y mujeres de nuestro tiempo el radicalismo cristiano.
La lectio divina encuentra en la vida religiosa, un espacio casi connatural. La dimensión escatológica propia de la vida religiosa necesita alimentar el deseo de la patria celestial mediante la lectura asidua de la Palabra de Dios, nuestra dimensión profética sólo es posible si nos dejamos configurar por «la Palabra a la que hemos sido confiados» (cf. At 20,32).
El redescubrimiento de la lectio divina es para muchas comunidades religiosas un momento de gracia. Es, sobre todo, una oportunidad de conversión al Señor, de retorno a lo esencial y de simplificación de la vida. Es ocasión propicia para la renovación y la reforma volviendo a la Raiz y la Fuente, por antonomasia, que es la Palabra de Dios.
La lectio divina se hace, pero sobre todo, acontece. Es divina por ser lugar de encuentro entre la Palabra de Dios y el corazón humano. Éste se predispone a la acogida de una Presencia, gracias a la cual se manifiesta la dimensión sacramental de la Escritura, que una vez proclamada litúrgicamente se transforma en palabra viviente dirigida a una asamblea reunida en el Nombre del Señor. Es Cristo quien habla a su Iglesia, instruyéndola como su interlocutora. Así la comunidad religiosa es espacio donde la Palabra de Dios es vivida y acogida «como lo que verdaderamente es: como Palabra de Dios» (1Tes 2,13) y no como palabra sobre Dios. Sólo de la Escritura brota aquella lectio divina que es el arte de encuentro con el Señor e itinerario que va desde la escucha al conocimiento y desde éste al amor.
La lectio divina se encuentra con obstáculos y suscita resistencias: la distancia cultural respecto a nuestro tiempo: sensibilidad, mentalidad, imágenes y lenguajes que no nos son familiares; el acceso al texto bíblico desde una formación no renovada y esquemas teológicos anticuados que están reclamando renovarse mediante una «conversión bíblica»; contagio de la modalidad de lectura actual: se lee poco y aprisa, esto afecta a la lectura de un texto como la Biblia, que exige atención, capacidad interpretativa, deseos de entrar en relación y dejarse afectar vitalmente; obstaculiza también la lectio divina el ritmo frenético de nuestros trabajos y ocupaciones comunitarias.
Para hacer una lectura orante de la Escritura en el Espíritu Santo, hay que evitar algunos riesgos y que tener en cuenta ciertos criterios fundamentales. Estos riesgos son: el subjetivismo y el diletantismo que llevan a escoger los textos desde los propios gustos personales; la inconstancia que nos aleja del cultivo de una relación auténtica con el Señor; el intelectualismo y el esteticismo que nos lleva a acudir al texto para exprimir su belleza o elaborar ideas que suscita.
Como criterios esenciales que hacen posible una lectio desde la fe encontramos: el criterio de la unidad del texto bíblico: la Biblia es una y hay que entenderla como acontecimiento recreado dinámicamente, paso a paso, en el acto de lectura bajo la responsabilidad de quien interpreta; el criterio sintético-doxológico, presente en la lectura que Jesús cuando sintetiza toda la Torah en el mandamiento de amar a Dios y al prójimo, este criterio presupone que la Escritura es sencilla y también su lectura y aplicación a la vida cristiana; el criterio de la unidad cristológica de las Escrituras: Jesucristo es la clave y el quicio que unifica en él se sintetiza la Palabra de Dios; el criterio operativo que nos lleva a la obediencia (escucha, en sentido bíblico), la escucha implica la vivencia, la puesta en práctica de esta Palabra; el criterio de contemporaneidad porque Dios habla de nuestra vida de hoy y para nuestra vida de hoy; el criterio comunitario: «La comunidad eclesial es la “norma” de la comprensión de la Palabra y de su vitalidad» y la comunidad religiosa es también criterio hermenéutico esencial de las Escrituras; el criterio oracional: la lectura ha de ser precedida por la oración y tender a la oración, así la epíclesis es requisito previo para disponernos a acoger al Espíritu.
La práctica de la lectio divina produce sus sus frutos, el más evidente es el de una vida de fe, de relación con el Señor, que es alimentada, fortalecida, consolidada y capaz de «durar» en el tiempo. Este amor por el Señor nos lleva a conocer también la auténtica dimensión del silencio como guardián de una Presencia. La lectio divina, ayudándonos a mantener la memoria Dei nos permite volver a lo esencial, al centro de nuestra vida, y, por consiguiente, hace que surja una mirada de makrothymía – sentir en grande, que es propio de Dios (cf. Ex 34,6) – y de relativización de las realidades cuotidianas.
La lectio divina plasma la fe, como fe bíblica. Forja una actitud ecuménica, una apertura al otro. Favorece la unificación de la persona y también la unidad de la comunidad en lo esencial. Pero no se debe absolutizar o exaltar, ésta ha de estar siempre acompañada por la oración personal, por una vida de trabajo y una asunción plena de la vida común en todos sus aspectos.
La lectio divina hace posible que la vida religiosa pueda aparecer en la sociedad como guardiana y memoria viviente de valores humanos hoy eclipsados: el silencio y la interioridad, pero también el arte de la meditación y la ascética de la lectura. Con este patrimonio podemos acercarnos y acompañar a quienes, al perder los caminos de meditación propios de la tradición cristiana, están desorientados y se entregan a prácticas de meditación orientales, propias de otras culturas y sistemas religiosos.
Domingo, 18 de Mayo del 2008
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