OH SOL QUE NACE DE LO ALTO (21.XII.2009)
¡Oh Sol que nace de lo alto!
«¡Oh Sol que nace de lo alto,
Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia
que naces de lo alto,
ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombras de muerte!»
(Día, 21.XII).
Las puertas de la «entrañable misericordia de nuestro Dios» no están cerradas; se nos abren de par en par. Leemos, efectivamente, en el evangelio de Lucas: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto». No es el sol normal, cuya luz y calor le dan poderes ultraterrenos. Tampoco es meramente el sol alado, bajo el cual el humano encuentra refugio. Ni siquiera el sol que cada día vence la oscuridad mortal, cuando, llegada la aurora, emerge por levante. El sol descrito hasta ahora es tan sólo una criatura de Dios. El Sol que nos visita es excepcional: es el resplandor de Aquél que se viste de luz como de un manto; es Resplandor de la luz eterna: Luz sobre toda luz. Lo confesamos con nuestro credo: es «luz de luz». Para aquellos que respetan el nombre de Dios «los alumbrará el sol de la justicia», anunciaba la profecía. Nuestro Sol nace de lo alto, viene de lo alto (es decir, de Dios), precisamente cuando la noche viste de tinieblas el mundo. Celebramos la salida de este Sol el día 25 de diciembre (solsticio de invierno), durante la noche más larga del año. A partir de ese día, «crece la luz bajo tu hermosa mano, / Padre celeste, y suben / los hombres matutinos al encuentro / de Cristo primogénito».
Sí, Cristo es el Sol, el Sol de justicia, no en cuanto que resplandezca en el cielo para abrasar con sus rayos la maldad humana, sino en cuanto que es cobijo protector para todos los menesterosos. Es el Primogénito, insisto. El hecho de que al morir Jesús se oscureciera el sol y las tinieblas cubrieran toda la tierra fue para los cristianos de primera hora un símbolo de la muerte del sol verdadero y de su «viaje a los infiernos», para decir a los que allí estaban apresados: «salid a la luz». Él mismo salió triunfante del sepulcro, con una vestidura tan blanca como aquella que le envolvió en la transfiguración. Ningún batanero del mundo puede conseguir tanta blancura, tanta luz. Es la luz divina, que ilumina las noches de todos los humanos, y todo el año recibe de ella su luz. Día llegará en el que «no habrá más noche, ni se necesitará luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará luz sobre nosotros»
Hasta que llegue ese día, somos habitantes de tinieblas y de sombras de muerte. Por eso imploramos a Cristo, Sol protector, que venga, que ilumine a cuantos nos movemos en las tinieblas y en las sombras mortales. Ya no tiene sentido reservar un día de la semana para el sol: el domingo (día dedicado al sol) está inundado de la luz divina. Dejemos que el día vaya creciendo; que crezca la luz, que se reduzcan las noches; que el día aumente, el error disminuya y surja la verdad. «¡Oh Sol de justicia, ven a iluminar nuestras tinieblas y nuestra muerte!».
Martes 20 de diciembre de 2011



