¡OH SABIDURÍA...! (17.XII)
«Oh Sabiduría,
que brotaste de los labios del Altísimo,
abarcando de uno a otro confín,
y ordenándolo todo con firmeza y suavidad,
ven y muéstranos el camino de la salvación»
(Día 17.XII).
El mito conocía una Sabiduría que, deambulando por el mundo, buscaba una morada entre los humanos. Al no encontrar dónde alojarse, huyó hacia Dios. No es ésta la Sabiduría que nosotros invocamos hoy, sino aquella otra que es «artífice de cuanto existe» (Sb. 8,6); aquella otra que es amada por el Dueño de todo; aquella otra que nos invita a compartir su comida y a beber con ella un vino de solera (Pr. 9,5); aquella otra que fue engendrada cuando no existían los mares, que jugaba junto a Dios como aprendiz, que comparte su alegría con los humanos (Pr. 9,22-31). Buscamos, anhelamos la Sabiduría que es Dios, que procede de Dios y que sólo Dios puede comunicar. Salomón la pedía con esta oración: «Dios de mis antepasados, Señor de misericordia…, dame la Sabiduría entronizada junto a ti y no me excluyas del número de tus hijos… Pues, aunque uno sea perfecto entre los hombres, si le falta la Sabiduría que viene de ti será tenido en nada» (Sb 9,1.4.8).
La Sabiduría hoy invocada brota de los «labios del Altísimo» como agua del manantial. De ella podemos decir aquello que escribía san Juan de la Cruz: «Su origen no lo sé, pues no lo tiene, / mas sé que todo origen de ella viene, / aunque es de noche. / Sé que no puede ser cosa tan bella, / y que cielos y tierra beben de ella, / aunque es de noche. / (…) Su claridad nunca es escurecida, / y sé que toda luz de ella es venida, / aunque es de noche». Acercarnos a esa fuente, beber el agua de esa fuente que mana de los veneros del Altísimo, tal es el primer gran deseo que nos embarga ocho días antes de la Navidad.
No sólo es un deseo ardiente, también es admiración. Sí, aunque sea «de noche», aunque estos pobres ojos ciegos no lo vean, la Sabiduría abraza en cálido abrazo todo lo creado: abarca «del uno al otro confín». Es un estrecho abrazo de amor total. La Sabiduría divina nos estrecha «por detrás y por delante; apoya sobre nosotros su palma protectora. La Sabiduría divina, en efecto, ha dignado decirse para nosotros en una sola palabra: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída por el alma». Palabra elocuentemente silenciosa que rige todo, que gobierna todo, que ordena todo, que atrae todo hacia sí con firmeza y suavidad.
En este primer día de espera expectante unimos nuestra súplica a la admiración y pedimos: «Ven y muéstranos el camino de la salvación». Si la Sabiduría divina nos acompaña, sabremos andar por el camino que conduce a la salvación. ¿Cómo daremos con ese camino, si nadie nos lo indica? ¿Cómo avanzaremos por él si Dios no nos sostiene? ¿Y cómo no va a encaminarnos y a sostenernos si para eso ha venido a nosotros la Sabiduría del Padre? La Sabiduría no ha abandonado este mundo para refugiarse en Dios, porque no hallaba cabida entre los humanos, como decía el mito. La Sabiduría ha descendido del mundo divino al hogar humano, y se ha quedado con nosotros. «¡Oh Sabiduría, muéstranos el camino de la salvación», y nosotros caminaremos por él.
Viernes 16 de diciembre de 2011



