OH REY DE LAS NACIONES (22-XII-2009)

¡OH REY DE LAS NACIONES…!

«¡Oh Rey de las naciones y deseado de los pueblos,
Piedra angular de la Iglesia,
que haces de los dos pueblos uno solo,
ven y salva al hombre que formaste de la tierra!»

(Día 22.XII)

El «Gran Rey» de Judá –pequeño emperador comparado con los grandes imperios de la época: Egipto, Asiria o Babilonia– podía aspirar a extender sus dominios desde el río Eúfrates hasta el mar Mediterráneo, desde el Líbano hasta el mar Rojo. Eran prácticamente las fronteras del imperio de David y de Salomón. Era impensable que un rey judío fuera monarca de todas las naciones, el deseado de todos los pueblos. Como si todas las etnias y religiones estuvieran abiertas, a la espera del que había de venir como rey. Sobre este rey, esperado y deseado, se edificará la gran casa de la humanidad, en la que todos serán hermanos e hijos del único Dios y Padre.

La piedra angular tiene una singular importancia en la construcción de una casa o de una ciudad. La piedra angular marcaba toda la construcción. El rey o el sacerdote eran los encargados de colocar la piedra. Sobre ella se grababa el nombre del rey fundador de la ciudad o el de la divinidad habitante del templo. Esta piedra, selectamente colocada, era considerada el centro del mundo. Por ello Dios coloca la primera piedra sobre la que se asienta el mundo. Dios pregunta retóricamente a Job: «¿Quién puso su piedra angular [la de la tierra] / entre el vocerío de los luceros del alba / y las aclamaciones de los hijos de Dios?» (Jb. 38,6-7). Perdone el lector esta breve nota erudita. Creo que era necesaria para expresar nuestra admiración al «Rey de las naciones».

El Rey, cuya venida esperamos, fue considerado como una piedra desechable. No era apta para los constructores de la ciudad de Dios o del templo de Dios. Los dirigentes de la nación, los constructores, despreciaron esa piedra; consideraron que su lugar idóneo era el Calvario y el sepulcro. Era una piedra inmunda. Y lo entregaron a la cruz. No era éste el parecer del Padre, sino que ha convertido en piedra angular la piedra despreciada por los constructores.

Dios ha edificado una ciudad nueva, un templo nuevo. La piedra angular de la nueva construcción, auténtico centro del mundo, es el Rey esperado. Todos los habitantes de la nueva ciudad son hermanos entre sí. No importa de qué etnia o religión provengan. Los pueblos han deseado la llegada de este Rey universal. Todos, judíos o gentiles, acceden al único templo, ven a Dios en el único templo. Dios, en efecto, ha construido un templo mayor y más perfecto que el templo de Jerusalén; es el templo edificado sobre el cuerpo glorioso del Señor. Más aún, todos somos admitidos a ser parte de este nuevo templo, como piedras vivas del mismo. El Rey de las naciones extiende sus dominios de un confín a otro del universo. ¿Cuándo seremos hermanos todos los hombres? ¿Cuándo nuestro gran timbre de gloria será nuestra condición de hijos del mismo Dios y Padre?

Mientras esperamos que se cumpla nuestro sueño de fraternidad universal, es tiempo de pedir al rey de las naciones: «Ven y salva al hombre que formaste de la tierra». La dignidad del ser humano, formado cariñosamente por Dios en persona, es enaltecida al ser piedra viva de la nueva construcción. «¡Oh Rey de las naciones, ven y salva al hombre que tú formaste!».

Martes 21 de diciembre de 2010