OH RENUEVO... (19.XII.2009)
¡OH RENUEVO DEL TRONCO DE JESÉ…!
«¡Oh Renuevo del tronco de Jesé,
que te alzas como insignia de los pueblos,
ante quien los reyes enmudecen,
y cuyo auxilio piden las naciones,
ven a librarnos, no tardes más!»
(Día 19.XII).
El pueblo fue liberado de la esclavitud egipcia con el poder del brazo divino y la fortaleza de su mano extendida. Dios vino a librar a su pueblo «con el poder de su brazo», como nos ha librado a nosotros. ¿Hemos llegado ya a la patria de la libertad, en la que no existe esclavitud alguna? ¡No…! David, el elegido de Dios y por él ungido como rey, su sucesor en el trono, Salomón, el rey sabio cuyo sobrenombre es el «Amado de Dios», y cuantos reyes sucedieron a estos dos primeros monarcas dinásticos generaron en el pueblo de Dios un sinfín de esperanzas; todas ellas se desvanecieron en el fracaso. La destrucción de Jerusalén y la consiguiente deportación a Babilonia de una nación ya diezmada fue la máxima desilusión para el pueblo liberado de Egipto, el pueblo de Dios. ¿Dónde está el Dios que hizo maravillas en los tiempos antiguos? ¿Dónde está el Dios de tus días luminosos? Pese a todo, el pueblo de Dios mantuvo una esperanza obstinada. Si la liberación definitiva no llega por la rama davídica, surgirá otro renuevo del viejo tronco de Jesé (padre de David). Sin duda que este nuevo Mesías nos conducirá a la tierra de la definitiva libertad: «¡Oh Renuevo del tronco de Jesé…!».

De hecho el Renuevo se erige como bandera en torno a la cual se congregan los dispersos el día del huracán. Es la insignia del pueblo y de los pueblos. De la bandera hubo quien dijo con dolor y con nostalgia: «No vemos nuestras enseñas, / ya no tenemos profetas, / nadie que sepa hasta cuándo». Bajo esta bandera se agrupan los hermanos divididos; a ella se acogen los reyes vencedores de otros tiempos y ahora vencidos. Estos reyes se insolentaron en otro tiempo contra el Dios del Israel y de él dijeron: «No hay Dios que nos pida cuentas»; blasfemaron el nombre divino y subyugaron a su pueblo. Una vez que venga el Renuevo del tronco de Jesé, militarán bajo la bandera triunfante del Mesías. Incluso las naciones que nunca oyeron el nombre de Dios, esperaban la llegada del Renuevo e imploraban su auxilio aun sin saberlo: «¡Oh Renuevo del tronco de Jesé, cuyo auxilio imploran las naciones!».
¿A qué grupo pertenecemos? Es posible que, desesperado, hayas perdido toda esperanza o ésta haya enflaquecido. El Renuevo se alza ante ti como enseña generadora de esperanza. No es menos posible que, por no ver a Dios, te hayas insolentado contra él y te hayas convertido en opresor de tus hermanos. La venida del Renuevo te obliga a enmudecer. También es posible que, aun sin saberlo, estés implorando el auxilio de tu liberador. Siempre es posible recuperar la esperanza y decir en la inminencia de la Navidad: «¡Oh Renuevo del tronco de Jesé…, ven a librarnos, no tardes más!». Cada uno sabe a qué esclavitudes está sometido y cuáles son sus necesidades de ser liberado. La Navidad ya cercana suscita una nueva esperanza, que nos induce a unirnos a los menesterosos que desfilan por los evangelios para decir con ellos: «Hijo de David, ten compasión de mí». Con la antífona de este día de adviento oramos así: «¡Oh Renuevo del tronco de Jesé, ven a librarme, no tardes más!». Tan urgente es nuestra necesidad de ser liberados.
Domingo 18 de diciembre de 2011



