OH LLAVE DE DAVID... (20.XII.2009)

¡OH LLAVE DE DAVID…!

«¡Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel,
que abres y nadie puede cerrar,
cierras y nadie puede abrir,
ven a librar a los cautivos,
que viven en tinieblas y en sombras de muerte!»

(Día, 20. XII).

Las llaves con las que se abrían o cerraban las puertas de la ciudad o del palacio real eran con frecuencia tan grandes que tenían que llevarse al hombro. También el abismo, en el que yacían los muertos, tenía su puerta y su llave. Con la llave de David se abría o cerraba tanto las puertas de la ciudad de David como del palacio real. Hacerlo competía al mayordomo. De él se dice: «Será un padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave de la casa de David» (Is. 22,21s). El que posee la llave del abismo puede abrir las mazmorras de la muerte y sacar a los prisioneros hacia la morada de la luz (Ap. 1,8). El poder de las llaves ha sido confiado al Mesías cuya venida esperamos. Él cierra y abre la ciudad y el palacio real. También tiene poder sobre el Hades. Jesús, el Hijo de David, heredero del trono real, tiene las llaves en sus manos. ¿De qué nos admiramos cuando decimos hoy: «¡Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel!»? ¿Qué puertas se abren o se cierran con esa llave?

El símbolo de la puerta cerrada, y con él el de la llave, se relaciona a veces con las entrañas. Por ejemplo, los violentos «han cerrado sus entrañas», lo mismo que Dios –horno de ira ardiente– puede cerrar sus entrañas: «¿Se habrá olvidado Dios de su clemencia, / o habrá cerrado con ira sus entrañas?». En ninguno de estos dos casos ha lugar la manifestación de la misericordia o de la compasión. Los cielos también se cierran, sea porque se niegan a enviar la lluvia a la tierra, sea porque ya nadie habla desde el cielo: Dios se oculta en el más hiriente silencio. Cerradas las puertas del abismo, los amigos y familiares de los muertos son las tinieblas.

He aquí, sin embargo, que el Hijo de David tiene en sus manos las llaves; él mismo es la Llave; su nombre es «Llave de David». Si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir. Antes de iniciar el anuncio de la «buena noticia», los cielos, silenciosos durante tanto tiempo, se abrieron y se oyó la voz del Padre: «Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». Se reanuda el diálogo del cielo con la tierra, de Dios con los hombres. Desde ese momento cuántas veces ha sido pronunciada la palabra «hijo o hija» por los labios divinos: «¡Tú eres mi hijo!», ¡«tú eres mi hija!», dijo el Padre de ti el día de tu bautismo. El Padre ha proclamado tu nombre con tal ternura y amor, que sus entrañas no están cerradas, sino abiertas de par en par para sus hijas e hijos. La Llave ha abierto también las puertas de la muerte y ¡ya nadie puede cerrarlas! La Llave, en efecto, es el primogénito de entre los muertos, al que seguiremos todos como hijos que somos del mismo Dios y Padre.

Nuestra compañía ya no son las tinieblas, ni el cautiverio de la muerte, nuestro fatal destino. Así es, porque el mayordomo del palacio y de la ciudad de nuestro Dios no sólo lleva sobre sus hombros la gigantesca llave; él mismo es la Llave. «¡Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel…, ven y libra a los cautivos!». Que el Señor sea la llave es un buen motivo para la admiración del adviento y para mantener inhiesta la esperanza.

Lunes 19 de diciembre de 2011