OH EMMANUEL (23-XII-2010)
¡OH EMMANUEL…!
«¡Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro,
esperanza de las naciones y salvador de los pueblos,
ven a salvarnos, Señor Dios nuestro!»
(Día, 23.XII).
En los seis días anteriores hemos expresado nuestra admiración a la Sabiduría, a Adonai, a la Llave de David y Cetro de la casa de Jesé, al Sol, al Rey de las naciones… Reservamos el día previo a la nochebuena para admirarnos ante el Emmanuel, el «Dios-con-nosotros». ¿Qué pueblo tiene a un dios tan cercano como nuestro Dios lo está de nosotros? Es el «Dios-con-nosotros». A lo largo de la Biblia leemos en no pocos lugares que Dios está con nosotros, que va con nosotros; sobre todo, si estamos en tiempos de tribulación. Pensemos, por ejemplo, en el pastor que va al frente del rebaño. Cuando el camino se estrecha y sobre él planean sombras mortales, lúgubres tinieblas, el pastor se pone al lado de cada oveja del rebaño para asegurar: «Yo voy contigo». El día anterior a la nochebuena nos sabe a poco decir que Dios va con nosotros, que está con nosotros; necesitamos algo más: «Dios-es-con-nosotros». Nuestra carne es su carne; nuestra sangre es su sangre; su vida es la nuestra; su tierra es nuestra tierra. Es nuestro y somos suyos. ¡Qué estrechas se quedan las palabras para expresar la admiración ante lo inefable, lo indecible! ¿No será necesario que se silencie el fragor de las palabras y ceder el puesto al silencio que admira y adora?

Antes de acallar la palabra recordemos los cuatro sustantivos que parafrasean el nombre de Emmanuel. Es nuestro rey, tal como ayer lo admirábamos al llamarle «Rey de las naciones». Es el legislador: dio la ley a Moisés en el monte Sinaí (día 18): la ley como revelación, como enseñanza, como manifestación del buen querer de Dios. Emmanuel es nuestro rey y legislador, rey y legislador de su pueblo. Los pueblos imploraban su auxilio al Renuevo del trono de David (día 19), que es el Emmanuel. Es el salvador de los pueblos. La salvación era el primer grito de nuestra petición: «Ven y muéstranos el camino de la salvación» (día 17). Ayer mismo pedíamos que viniera a salvar al hombre por él formado (día 22). Para los pueblos era la insignia alzada (día 19). En una palabra, los temas musicales de los días precedentes suenan en el acorde final del último día, como si en una sola palabra, en un solo nombre, estuviera dicho todo. Ese nombre es «Emmanuel».
Aún añadimos hoy: «Oh Emmanuel, ven a salvarnos, Seños Dios nuestro». Se explicita de este modo la necesidad de ayuda salvadora y se desvela la identidad del Emmanuel: es el Señor nuestro Dios. No es un signo más de la presencia de Dios, tal como se le ofrece al rey Ajaz, por ejemplo. Es la misma presencia de Dios, nuestro Señor y Salvador. Ante la presencia de nuestro Dios nos queda una solución: postrarnos y adorar. En la misa de medianoche de mañana oiremos: «Cristo ha nacido por nosotros, venid, adorémosle». Lo hacemos ya desde ahora, inclinado nuestro ser ante el Emmanuel, nuestro Señor y nuestro Dios. Si te sobra la palabra, suprímela y quédate con el silencio de la admiración: «¡Oh Emmanuel…!».
Jueves 22 de diciembre de 2011



