¡OH ADONAI...! (18.XII)

OH ADONAI

«Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel,
Que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente,
Y en el Sinaí le diste tu ley,
Ven a librarnos con el poder de tu brazo»

(día, 18.XII)

Finalizábamos ayer nuestra admiración pidiendo que la Sabiduría nos mostrara el camino de la salvación. Tenemos un cierto parecido con nuestros padres, esclavos en Egipto. En la angosta tierra egipcia, clamaron, suplicaron, lloraron. El Señor vio su angustia, escuchó su clamor, atendió su súplica, recogió sus lágrimas y bajó para salvarlos: para conducirlos a una tierra espaciosa y generosa: una tierra «que mana leche y miel», como auténtica madre, no como madrastra. Desde una tierra estrecha y opresora expresamos hoy nuestra admiración y formulamos nuestra súplica.

Al poder opresor del Faraón sólo puede hacerle frente un poder superior: el del Señor, que, por ser el Señor de todo, detenta el sumo poder, el poder absoluto. Nadie puede oponérsele. Es el Señor = Adonai, o «mi Señor». Con relación a Egipto es un poder destructor; con Israel es un poder liberador. Como le une a Israel un imperceptible vínculo de amor (es «mi Señor»), con su pueblo es «rey» o «pastor», que ambos nombres recibe el monarca en Israel.

El pastoreo de Adonai, el ejercicio de su soberanía, comenzó en el episodio de la zarza ardiendo. Moisés se dijo: «Voy a acercarme a ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza» (Ex. 2,3). ¿Por qué no se consume este pueblo humillado en el que Dios ha prendido como incendio devorador? ¿No es acaso un fuego de fusión que estrecha en admirable consorcio el fuego divino y la maleza humana? ¿El resultado de tan singular hoguera no será que el hombre crepite preso de la llamarada divina y que Dios ya no pueda alejarse de su pueblo? Dios está en el misterio del hombre, quitémonos las sandalias, que todo hijo de Dios es una hoguera divina.

Se ratificó el pastoreo de Adonai en el Sinaí. En el monte de la revelación no faltó el fuego, ni los relámpagos, ni los truenos. Algo tan sobrecogedor y pavoroso, ante un espectáculo tan tremendo, el pueblo pidió que, en adelante, se le ahorrara el terror mortal de ver a Dios. La zarza tiene miedo de ser consumida por el fuego. Moisés será el locutor directo con Dios, pero Éste plasmará en palabras inteligibles la revelación divina, su instrucción, su enseñanza, su ley, que el pueblo se declaró dispuesto a escuchar y obedecer. Entre el episodio de la zarza y el fuego del Sinaí Dios ha sido el pastor de su pueblo. Continuará siéndolo a lo largo del espacioso desierto y también una vez que el pueblo ha llegado a la tierra de Dios.

Adonai tuvo que exhibir la fuerza de su mano extendida y de su brazo tenso para encaminar a su pueblo por rutas de libertad. Es lo mismo que pedimos en esta tarde de Adviento: «Ven a libarnos con el poder de tu brazo». Es que continuamos bajo la esclavitud de Egipto. La historia de nuestros padres es la nuestra. Dios quiere que su santo fuego prenda en nuestra zarza hasta transformarnos en él: «Oh Adonai…, ven a librarnos con el poder de tu brazo»; ven pronto, Señor; ven, Salvador.

Sábado 17 de diciembre de 2011