«LOS ANCIANOS SOÑARÁN… Y LOS JÓVENES TENDRÁN VISIONES» (Hch 2,17)

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¿Por qué andáis diciendo: muchos de nosotros somos mayores, qué hacemos? ¿Nos resignamos a bien morir? Y vosotros, jóvenes o los menos mayores, ¿por qué andáis pensando: somos pocos, cómo cargar con el legado de las generaciones anteriores? Unos y otros, ¿por qué os quejáis: Nadie nos hace caso, para qué hablar y qué decir? Os invito a todos a no acallar el gran deseo expresado por un hombre de Dios.
Un ambicioso deseo (Nm 11,29)

Sucedió hace muchos siglos. Moisés ya no era un muchacho, sino un hombre maduro, e incluso un viejo. Un día sí y otro también, el anciano caudillo tenía que soportar las quejas y las maledicencias del pueblo liberado de la esclavitud egipcia. Dios había dado a su pueblo un pan con sabor a «torta de aceite» (Nm 11,8), pero este pan no tenía la solidez del pescado que se comía en Egipto (Nm 11,15). «¿Quién nos diera carne para comer?», clamaba el pueblo entre hambriento y quejumbroso. Moisés no podía alimentar a unas seis mil personas (Nm 11,21); Dios, sí. Pero éste, en vez de carne, vertió sobre el pueblo el ardor de su cólera. «Le pareció mal a Moisés» (Nm 11,10) la airada respuesta divina.

A partir de ese momento, Moisés tiene la terrible impresión de hallarse solo entre dos frentes: por una parte el pueblo, cuyo clamor se ha tornado llanto, y por otra el Señor, que ya no es el Dios de la liberación sino de la muerte. Fue el Señor el que engendró a este pueblo; que lo lleve él en su regazo y lo alimente, sin buscar nodriza alguna (Nm 11,11-12). La reacción de Moisés llega a la desesperación, como él mismo confiesa: «Si has de tratarme así, mátame, por favor, […] para que no vea más desventuras» (Nm 11,15). Henos aquí ante un hombre acabado: cansado, anciano y desesperado.

Cuando el Señor llamó a Moisés, le aseguró: «yo estaré contigo» (Ex 3,12). ¿Le habrá abandonado ahora? Está lleno del espíritu de Dios, y de tal manera que puede dar y repartir. Así lo hará el Señor con los setenta ancianos que fueron elegidos y acudieron a la Tienda del Encuentro: el Señor les dio parte del espíritu de Moisés, «y se pusieron a profetizar« (Nm 11,15.27). Hubo otros dos ancianos, también elegidos, que, sin acudir a la Tienda, recibieron el mismo espíritu y profetizaron en el campamento (v. 26). ¿Qué pretenden: desplazar o reemplazar al adalid del éxodo?

El fogoso Josué, puesto al tanto de lo que sucedía en el campamento, acudió presuroso con la siguiente demanda: «Mi señor Moisés, prohíbeselo» (v 28). Pero, ¿quién es Moisés para desdecir al Señor? Aunque el Señor hable «cara a cara» sólo con Moisés (Dt 34,10; Sir 45,5), éste no puede deshacer lo que Dios hace, y mucho menos si se trata de introducir al pueblo en la tierra del descanso. El gran jefe de Israel, lejos de estar celoso porque otros profetizan, acaricia un ambicioso deseo: «¡Ojalá que profetice todo el pueblo, porque el Señor le ha dado su espíritu! (Nm 11,29), respondió Moisés a Josué.

El deseo es ambicioso, pero no irrealizable. Desde este momento, y en el futuro, nunca faltará un profeta en el seno del pueblo (Dt 18,18).
Herederos del espíritu de Moisés (Jl 3,1-5)

Transcurrieron unos años más. Moisés ha cumplido ciento veinte años. Antes de morir, tomó la previsión de que otro introdujera al pueblo en la tierra prometida. El elegido fue el fiel servidor Josué. El Señor estará con Josué como lo estuvo con Moisés (Dt 3,18; Js 1,5). Asistido por el Señor, Josué llegará a la tierra y la repartirá entre los hijos del pueblo. Cuando se vaya «por el camino de todo el mundo» (Js 23,14), y mueran también «los testigos de las grandes hazañas que el Señor había hecho en favor de Israel» (Jdc 2,7), la historia de Israel será una incesante oscilación entre la apostasía y la conversión. Esta historia tan suya –¡y tan nuestra!– no desembocó en la catástrofe de la destrucción, porque entre el pueblo y Dios se interpusieron hombre arrebatados llenos del espíritu. ¿Quién no recuerda a los Jueces?; ¿quién se ha olvidado de Samuel?; ¿quién no ha oído hablar de Elías? El nombre de este profeta significa «Mi único Dios es el Señor». Pero ¿dónde está el Dios de Elías? No, en el fuego devorador del Carmelo (1R 18,28), ni en un huracán como el del Sinaí, ni en el terremoto, sino en la suave brisa (1R 19,14), tan tenue como el espíritu, que es viento. Superados el desengaño de la vida y la desesperación (1R 19,4), con la lección recién aprendida, Elías entenderá que no está solo; otros siete mil israelitas no han doblado sus rodillas ante otros dioses. Eliseo, como los setenta ancianos, hereda dos tercios del espíritu de Elías (2R 2,15; cf. Sir 48,13). Las palabras y milagros de este profeta proclaman lo que su nombre significa: «Mi Dios es salvador». El desmesurado deseo de Moisés no se ha perdido en el olvido.

Siglo tras siglo, el Señor continuó infundiendo su espíritu en gentes de toda índole. Recuerdo a un ganadero y campesino (Amós); a un esposo engañado por su esposa (Oseas); a un hombre culto, acaso noble, y pecador como todo el pueblo (Isaías); a un jornalero (Miqueas); a un muchacho que no sabía hablar (Jeremías); a un sacerdote buen conocedor de su oficio (Ezequiel), etc. Todos ellos fueron profetas.

Uno de estos profetas, Jeremías, asistió a la demolición de Jerusalén. Vio cómo el templo, gloria de Israel, fue reducido a cenizas. Lloró amargamente el profeta la muerte de los suyos. Sus lágrimas se unieron a las de Raquel, la madre del pueblo, y a las del mismo Dios. ¿Ha terminado toda una historia de amor y de desamor al borde de la tumba? ¡Nada de eso! El hombre de dolor y de hondo sentimiento que fue Jeremías no se resigna ante la muerte. Presagia que llegarán días en los que el Señor pactará una «nueva alianza» con la casa de Israel (Jr 31,31-34). Cuando lleguen esos días, todos, chicos y grandes, conocerán al Señor (Jr 31,34).

Otro (Ezequiel), a más de mil kilómetros de distancia, ha de reprimir el llanto cuando muera su mujer, el «encanto de sus ojos», como han de hacer los desterrados de primera hora cuando el templo sea calcinado y derruida la ciudad santa de Jerusalén (Ez 24,15-27). El el dolor es intenso, y las lágrimas se congelan. «¡Qué solitaria se encuentra la Ciudad populosa!» (Lm 1,1). ¡Ni siquiera sus hijos la lloran! Aunque reine un silencio de cementerio, Ezequiel prevé la llegada de nuevos días, en los que el Señor «infundirá su espíritu» (Ez 36,27) en los huesos descarnados y dispersos, y retornarán a la vida (Ez 37,14). El antiguo deseo de Moisés no se extinguió en tiempos tan inclementes.

Van pasando los años. El pueblo ya ha regresado del destierro y continúa subyugado, sin recibir el espíritu prometido. En ese momento crucial surge Joel, un profeta de profunda fe y de honda esperanza. Este hombre mantiene enhiesto el deseo de Moisés. Joel mira esperanzado hacia adelante y dice a su auditorio, que hoy somos nosotros:

«Después de esto derramaré mi espíritu sobre todos:
vuestros hijos e hijas profetizarán,
vuestros ancianos soñarán sueños,
vuestros jóvenes verán visiones.
También sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu aquel día.
Haré prodigios en cielo y tierra: sangre, fuego, humareda;
el sol aparecerá oscuro y la luna ensangrentada,
antes de llegar el día del Señor, grande y terrible.
Todos los que invoquen el nombre del Señor se librarán… » (Jl 3,1-5).

Cuando llegue «el día del Señor, grande y terrible» (v 4), el espíritu de Dios será derramado sobre todos, como lluvia copiosa y mansa que empapa la tierra o como aliento divino insuflado nuevamente en todos, y todo el pueblo revivirá a la vez que profetizará.

El deseo se torna realidad (Hch 2,1ss)

El día de Pentecostés era fiesta de guardar en Israel. Ese día se celebraba la manifestación del Señor en el Sinaí (2Cr 15,10-13) y se le ofrecían las primicias de la cosecha (Nm 28,16). Hacia el año 30 d.C., la celebración de Pentecostés fue insólita. «Todos estaban reunidos en el mismo lugar» (Hch 2,1; cf. Hch 1,14.15)). Todos permanecían en oración, en comunicación con Dios, como Moisés en el Sinaí. Entre todos había una admirable armonía (1,14), y no los descontentos ni enfrentamientos que tanto abrumaron a Moisés durante la travesía del desierto.

Estaban en éstas, dispuestos a secundar las exigencias de la alianza (Ex 19,8), cuando inesperadamente irrumpió un ruido impresionante procedente del ámbito divino (Hch 2,2.6), semejante al «fuerte sonido» que retumbó en el Sinaí (Ex 19,16) o al ventarrón capaz de derribar cuanto encuentra en pie, de derrumbar toda resistencia. El espectáculo auditivo se torna inmediatamente visivo: así como el Sinaí ardía en medio del fuego (Ex 19,18), en la casa de Jerusalén aparecieron algo así como lenguas de fuego (Hch 2,3). Es decir, Dios se hace presente en la asamblea de Jerusalén, como en otros tiempos descendió ante el pueblo reunido en asamblea. Dios bajó a la casa de Jerusalén para dar cumplimientos al antiguo deseo de Moisés, mantenido a lo largo de los siglos por tantos profetas. Ha llegado el momento de que Dios escriba su ley en el corazón (Jr 31,33), de que done a su pueblo un «espíritu nuevo» (Ez 36,26), de que se cumpla cuanto dijo Joel (3,1). Todos «se llenaron de Espíritu Santo» (Hch 2,4), que es viento, fuego, brisa, agua que empapa la tierra. Es el bautismo esperado (Lc 3,16). Llenos de Dios, todos están capacitados para profetizar (Hch 2,4b).

Una multitud heterogénea, procedente de los cuatro puntos cardinales, había subido a la Ciudad Santa con motivo de Pentecostés. El gentío es atraído por el extraño fragor y queda estupefacto porque el Espíritu actúa de traductor simultáneo. Así la confusión creada en Babel por culpa de la arrogancia humana se convierte en una lengua inteligi-ble para toda la humanidad (Hch 2,8a.11b). Jerusalén, al fin, ha llegado a ser la madre de todos los humanos: «Todos han nacido en ella» (Sal 87,5s). «¿Qué significa esto?», se preguntan algunos (v 12b). Otros responden: «¡Están llenos de mosto!» (v. 13); son unos oradores ebrios. Pedro, nuevo Moisés y en nombre de los Once, explica el signifi-cado de lo acaecido. Ya no es el discípulo lleno de miedo que negó al Señor. Pedro comparece ante la multitud como un orador intrépido. Puesto en pie, al estilo de los griegos, dijo a la muchedumbre: «Prestad atención a mis palabras» (Hch 2,14).

Es impensable que a horas tan mañaneras (hacia las nueve de la mañana) ande por ahí un grupo de borrachos. Sencillamente ha llegado el «día grande y patente» del Se-ñor, de un modo que Joel nunca llegó a sospechar. Comienza a ser realidad el deseo de Moisés, nunca olvidado. El Espíritu de Dios se derrama, como agua mansa y como fuego abrasador, sobre todos los que están reunidos en la misma sala, sin hacer acepción de género, de edad o de condición social. Lo acaecido en la sala pronto se extenderá al orbe entero. Todos, sean de donde sean y de la condición que sean, recibirán el Espíritu divino. «Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará» (Hch 2,21). Así fue. Mientras Pedro hablaba en la casa del pagano Cornelio, «el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la palabra» (Hch 10,44) y comenzaron a profetizar. De ahora en adelante «todos los que se dejen guiar por el Espíritu son hijos de Dios» (Rm 8,14) serán profetas. Su oración, secundando el grito del Espíritu, consistirá en decir: «¡Abba, Padre!» (Gak 4,6): «Sí, querido Padre», o, si os suena con mayor afecto: «Sí, querido Papá». Todos hemos nacido en Jerusalén, la ciudad madre, y hablamos una misma lengua.

Y ahora… ¿qué?

Hoy como ayer, nuestro mundo necesita profetas. «¡Ojalá que todo el pueblo profetizara!», os diría si yo fuera Moisés. Hoy, más y mejor que ayer, es posible que todos sean profetas: el Espíritu continúa soplando, inflamando y derramándose como el agua. Hoy, en la época de la globalización, todos podemos ser ciudadanos de Jerusalén, la ciudad madre. ¡Qué belleza, qué delicia, si viviéramos todos unidos!

Nuestra sociedad nos pide que seamos testigos «de la primacía de Dios y de los bienes futuros»; que «la misma vida fraterna sea un testimonio profético» (VC 85). Nuestro testimonio tendrá una especial fuerza persuasiva si lo que anunciamos está en coherencia con lo que vivimos. Así será en la medida en que seamos capaces de examinar nuestra conducta «a la luz de la Palabra».

Han llegado los días de los que hablaba Joel. Todos –sin distinción de sexo, de edad o de condición social– hemos sido alcanzados por el Espíritu: nuestros ancianos profetizan y nuestros jóvenes tienen visiones, para anunciar al mundo entero que «Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre». Inducidos por nuestro testimonio, otros muchos confesarán el nombre del Señor y se salvarán. ¿No acertamos a ver el nuevo rostro que el Espíritu va diseñando en nuestra Iglesia, institutos y comunidades? ¡Miremos a María, la mujer llena del Espíritu Santo! (Lc 1,35). ¿No aceptamos que la misión es nuestro gran desafío? ¡Contemplemos a María! Corrió presurosa a la casa de Isabel, y también ésta se llenó de Espíritu Santo (Lc 1,41).

Aunque no sepamos hablar, como Jeremías; aunque seamos tan pecadores como Isaías, que nuestro empeño sea afirmar con la vida y con la palabra «Mi único Dios es el Señor», y también: «Mi Dios es salvador o liberador». Así otros muchos serán convocados en el mismo lugar, recibirán el Espíritu y se convertirán en profetas. «¡Ojalá que profetice todo el pueblo!

Ángel Aparicio Rodríguez, cmf.
Madrid, 1 de abril de 2007

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