Buenos días a todos.
Hemos llegado a la Clausura de esta trigésimo séptima semana de VR. Y hemos llegado bien. Día a día hemos ido entendiendo cómo la Palabra nos enseña y , sobre todo, hemos captado la necesidad de dejarnos enseñar. Pero además lo hemos entendido desde nuestra realidad concreta, nuestro sentido eclesial y pertenencia Congregacional…
A punto de “volver a Galilea” al lugar del calor y la verdad de nuestra comunidad y la urgencia de la misión seguro que lo hacemos como aquellos de Emaus… Arde nuestro corazón porque el fuego de la Palabra nos ha vuelto a recordar que estamos vivos, que queda mucho por hacer y, lo que es mejor, que lo podemos hacer… Porque nuestra acción es ser testigos, amigos: Hombres y mujeres sin oro ni plata que ofrecen lo que tienen: La Palabra, Cristo vivo.
Hemos interiorizado muchos mensajes, muchos retos… Pero lo hemos ordenado bien. No hemos dejado la fuerza a nuestras palabras. Hemos entendido en esta XXXVII semana, que la única fuerza es su Palabra. Desde ella podemos encontrar luz para un futuro y un mundo, que son buenos y nuevos, porque son obra del mismo Dios.
La Palabra nos empuja a abandonar lenguajes y actitudes de derrota y de miedo y, a la vez, a aceptar que el mensaje del Evangelio tiene su ritmo, su serenidad y paciencia. Hemos crecido en alegría vital, porque la Palabra nos ayuda a entender el milagro de la Consagración y de la riqueza de la comunión con todos los estados de vida.
En esta Clausura, nos preside D. Manuel Monteiro de Castro, Nuncio de Su Santidad. Expresamos nuestra adhesión a la Iglesia madre y recibimos su calor y cercanía. D. Manuel conoce bien la Vida Consagrada, la valora y la cuida. Valoramos su presencia entre nosotros como un don.
A lo largo de la Semana hemos recibido muestras de cercanía de nuestros pastores con esta 37 semana. En concreto han expresado su adhesión a este congreso y a cada uno se sus participantes:
Emmo. Card. Rouco, Presidente de la Conferencia Episcopal, Arzobispo de Madrid
Emmo. Cardenal Amigo, Franciscano, Arzobispo de Sevilla
Mons. Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao, Vicepresidente de la CEE
Mons. Carlos Osoro, Arzobispo de Oviedo, Comité ejecutivo de la CEE
Mons. Jesús Sanz, Obispo de Huesca y Jaca. Presidente de la Com. Episc. De Vida Consagrada
Mons. Jesús García Burillo, Obispo de Ávila. Miembro de la Comisión de Vida Consagrada
Mons. Manuel Sánchez Monge, Obispo de Ferrol, Miembro de la Comisión de Vida Consagrada
Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería, Vicecanciller de la Universidad Pontificia
Mons. Juan Antonio Martínez Camino, Jesuita, Secretario de la Conferencia Episcopal
A ellos habría que añadir los mensajes de los Directores de los Institutos de Vida Religiosa del Claretianum (Roma) y de ICLA (Manila), juntamente con otros de sacerdotes, religiosos y seglares de dentro y fuera de nuestro país, que estos días han estado vibrando y orando por nuestra Semana.
Todo forma parte de la riqueza de la Palabra que, por encima de todo, nos habla de la comunión del Reino.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
A todos y a cada uno de vosotros un afectuoso saludo y la bendición de Su Santidad Benedicto XVI, a quien tengo el honor de representar en España.
Agradezco al P. Luis Alberto Gonzalo Gonzalo Díez, cmf., la amable invitación a clausurar esta trigésima séptima semana Nacional de Vida Religiosa. Mi presencia quiere significar y expresar el gran aprecio y la cordial estima que la Iglesia y el Papa tienen por la vida consagrada, en todas sus formas.
Me llena de alegría ver al gran número de religiosas y religiosos -unos 800, como es ya habitual-, que participan en estas jornadas, venidos no sólo de todas las regiones y provincias de España, sino también de otras varias naciones de Europa, con representaciones significativas de los demás continentes. Representáis, además, un gran número de Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, manifestando su propia identidad y misión en la Iglesia universal.
Cuando se habla de vida consagrada, “de re nostra agitur: es una realidad que nos afecta a todos” subrayaba tanto el Sínodo como Juan Pablo II. Porque “no es una realidad aislada y marginal, sino que abarca a toda la Iglesia”. […] “la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia”, y “la vida consagrada no sólo ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia, sino que es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece intrínsecamente a su vida, a su santidad y a su misión” (VC 3). Un don precioso que nos es dado para usar en medio de una cultura secularizada que penetra todos los ámbitos de la sociedad. A veces, salta las barreras de la vida consagrada, conduciendo insidiosamente a la mediocridad y a la mentalidad consumista. Todos los cristianos estamos llamados a ser testigos de Dios en el mundo. Pero los consagrados y las consagradas tienen una tarea particular. Dan testimonio mediante una entrega total. Dan testimonio en un mundo confuso, desorientado, que no se deja guiar por la luz de Cristo crucificado, muerto y resucitado. Tenemos que actuar con los ojos en lo Alto, en el Señor, tenemos que actuar “in nomine Domini”. La primera lectura de la Misa de ayer (Hechos 4, 1ss), cuyo texto continúa en la de hoy, nos habla del conflicto de San Pedro con las autoridades de Jerusalén, de su prisión, del testimonio que da de la Resurrección del Señor Jesús y de su actuar in nomine Domini, en el nombre del Señor.
Las autoridades estaban molestas porque eran muchedumbre los que escuchaban a San Pedro y veían sus enseñanzas confirmadas con prodigios, con milagros. Notaban que San Pedro y los discípulos del Señor actuaban con una alegría, libertad y audacia impresionantes.
Les hicieron comparecer ante el tribunal y les preguntaron: “¿Con qué poder y en nombre de quién habéis hecho esto vosotros? “ Les contestó San Pedro: “en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos: por él se presenta este sano entre vosotros”. Más, todavía. Frente a las amenazas que le hacían los miembros del Sanedrín para que no hablara ni enseñara en el nombre de Jesucristo, Pedro les contesta: “nosotros no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído” (Hch. 4,20).
“Los consagrados y las consagradas – nota Benedicto XVI en discurso a los Superiores Generales de Religiosos e Institutos Seculares (22 de mayo de 2006) – están llamados a ser en el mundo signo creíble y luminosos del Evangelio y de sus paradojas, sin acomodarse a la mentalidad de este mundo, sino transformándose y renovando continuamente su propio compromiso, para poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno y grato a él y perfecto”.
Queridos hermanos y hermanas, Jesús resucitado continúa buscando hombres y mujeres para animarles en su caminar, para explicarles la misión que les encomienda. De nuestra parte se requiere darle espacio a Dios en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestro corazón. Se requiere alimentar una relación personal con el Señor.
Digámosle que queremos hoy y siempre actuar con los ojos en El, que queremos actuar in nomine Domini y que no podemos dejar de hablar de Jesucristo, de sus enseñanzas, del cariño y del amor que regala el Señor a cuantos le abren su corazón. Él será eternamente nuestra alegría y nuestro gozo.
Madrid, 29 de marzo de 2008
Mons. Manuel Monteiro de Castro Arzobispo Titular de Benevento Nuncio Apostólico
Introducción
I. Escuchemos la Palabra
Juan oyó hablar en la cárcel de la actividad del Mesías y le envió este mensaje por medio de sus discípulos: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Jesús respondió: Id a contar a Juan lo que veis y oís. Los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la Buena Noticia; y, ¡feliz el que no tropieza por mi causa!
Cuando se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la multitud: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten elegantemente habitan en palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Os digo que sí, y más que un profeta.
II. Palabra-Misión, un proyecto para entender y vivir la Palabra
1. ¿Por qué el Proyecto?
2. Las etapas del camino
I. El Pentateuco: Para que el hombre viva
II. Los profetas: Para que el pueblo viva
III. Evangelios sinópticos y Hechos de los apóstoles: El Reino ha llegado
IV. Cartas de Pablo y cartas pastorales: Pablo, evangelio de vida para culturas diferentes
V. Evangelio y cartas de Juan y Apocalipsis: Confesar y testimoniar la vida en un mundo hostil
VI. Sapienciales y salmos: Ríos de vida
3. La metodología del proyecto
III. Alunas reflexiones a partir de la experiencia vivida
1. La respuesta congregacional
2. Qué descubrimos
La Palabra que nos recrea
La Palabra que nos convoca y nos une
La Palabra iluminada desde las distintas vocaciones
La Palabra que nos revela el proyecto de Dios y nos invita a ponernos a su servicio
3) Algunos aspectos importantes
Conclusión: Hacia el Sínodo de la Palabra
Sabemos muy bien que cuando la Palabra no habita en nosotros, como en el caso de los discípulos de Emaús, entramos en una situación de di-misión. Sólo cuando dejamos que el Señor nos haga descubrir la Palabra, nos arde el corazón, adquiere para nosotros sentido la Eucaristía, nos sentimos de nuevo hermanos en la comunidad reunida en torno a Jesús y disponibles para la misión que Él mismo nos confía.
El contacto asiduo con la Palabra ha sido una de las características constantes de la vida consagrada. El proyecto “Palabra-Misión”, que hemos realizado los Misioneros Claretianos durante varios años, es uno de los tantos ejemplos que nos hablan del esfuerzo que muchas Congregaciones han desarollado para abrir con mayor profundidad las vidas de cada uno de sus miembros y de sus comunidades a la Palabra de Dios.
A través de esta experiencia hemos descubierto cómo la Palabra, meditada en la oración personal y compartida en la comunidad, leída siempre desde la realidad concreta de la vida y las vicisitudes de la historia, nos hace sentir con fuerza la llamada a seguir a Jesús y a ponernos incondicionalmente al servicio del Reino. La Palabra recrea el sujeto evangelizador transmitiéndole el espíritu que la inspiró y que le lleva a entusiasmarse de nuevo por el proyecto que Ella nos revela.
La escucha atenta y el ejercicio de compartir la Palabra en la comunidad nos han ayudado a descubrir el sentido profundo de nuestra vocación como signo y expresión de la Alianza de Dios con su pueblo, han dado una fuerte cohesión a nuestra comunidad en torno a los valores del Reino y han dinamizado el compromiso misionero al servicio del proyecto de Dios, sobre todo al lado de quienes ocupan el centro de su Corazón: los pobres y excluidos.
Las enseñanzas de las diversas escuelas que nos han sido presentadas en esta Semana de Vida Religiosa encuentran como su síntesis vital en la escuela del pueblo pobre y sencillo, por la simple razón de que Dios así lo dispuso y que Jesús proclamó cuando dio gracias al Padre por haber ocultado sus secretos a los sabios y prudentes y haberlos revelado a los pobres (Mt 11,25). En la escuela del pueblo se nos ofrece como el posgrado vital en el conocimiento de la Palabra y de sus exigencias. Las principales enseñanzas de esa escuela son:
encarnar la Biblia en los problemas de la vida; partir de la realidad en que se vive; ver la Biblia como un espejo de la propia existencia. Detrás de las interpretaciones exegéticas están las bibliotecas, detrás de la lectura con el pueblo está la vida concreta.
hacer la lectura bíblica en forma comunitaria y orante que, de acuerdo con la promesa del Señor, cuenta con su presencia (Mt 18,20). Esta lectura comunitaria entra en sintonía con la Biblia que surge de la experiencia que una comunidad tiene de Dios.
leer la palabra de Dios no para aumentar nuestros conocimientos ni para preparar nuestras actividades sino para conocer la voluntad de Dios y seguir mejor a Cristo en su historia desde nuestra historia personal y social.
ser obedientes a lo que Dios pide a través de ese discernimiento orante y comunitario. Escuchar a Dios para crecer en una fe madura, en una esperanza activa y en un amor con dimensión social.
leer la Biblia también desde la perspectiva de la mujer.
aprender en la vida religiosa a hacer un discernimiento de la voz de Dios en los signos de los tiempos y de los lugares.
El único con capacidad de sintetizar y no errar es el corazón, que en estos días ha sintetizado todo lo escuchado y vivido y, por eso, en este momento tiene un latido nuevo, más alegre, más fuerte, más esperanzado, más resucitado…
Así que la verdadera síntesis no es la que vamos a escuchar ahora, sino la que resonará en lo sucesivo en nuestro interior.
Para la elaboración de esta síntesis hemos seguido un pequeño esquema que subyace a lo que vamos a decir de cada escuela:
Entrar en la escuela de la palabra para aprender e interiorizar
Permanecer en ella para hacer vida
Invitar a esta escuela / ofrecer lo aprendido en ella para generar espacios de humanidad
La Lectio divina es el umbral para entrar en la Escuela de la Palabra. En ella se nos ofrece el riesgo de una libertad más alta. Buscamos la cumbre, el encuentro con Aquel que ama mi alma… y hay tantos encuentros como búsquedas.
La Lectio divina hace que la vida religiosa pueda aparecer en nuestra sociedad como guardiana y memoria viviente de valores humanos hoy eclipsados: el silencio y la interioridad, el arte de la meditación, la ascesis de la lectura, la vida del espíritu... Estos valores nos permiten ser espacio habitado y renovado para así acompañar a quienes, al perder los caminos de meditación propios de la tradición cristiana, están desorientados y por eso buscan otros caminos de espiritualidad.
Entrar en la escuela de la Sabiduría es satisfacer el anhelo de Dios y de sentido que nos habita. Las discípulas y discípulos de la Sabiduría siguen un camino pedagógico en el que la sabiduría nos muestra sus tesoros, pero después nos hace pasar por la oscuridad y el desconcierto para llevarnos a la luz y la confianza que provienen de la revelación de sus Misterios.
La escuela de la sabiduría:
Nos muestra que aprender este arte de integrar contenidos más teóricos con acciones vitales –que expresan y definen nuestro ser– es permanecer enraizados en la Fuente del saber, es dejar que aflore y marque nuestro ritmo la dimensión sapiencial contenida en la vida religiosa.
Nos aporta una visión humanista y universalista que pide a la vida religiosa responder a la urgencia de entrar en diálogo desde la sabiduría evangélica, con quienes, aun creyendo en el ser humano, les cuesta creer en Dios.
Nos invita a ser como los sabios: auténticos creyentes. Para urgirnos, como a ellos, a ser comunidades, que traducen esa fe en categorías universales que provocan y facilitan el diálogo interreligioso.
Nos impulsa vivamente a prepararnos para este diálogo ya que constatamos y reconocemos que en este ámbito nos falta formación.
La vida del profeta es itinerancia exterior e interior para servir a la Alianza de Dios con su pueblo. Es también una profecía humilde que reconoce el poder de Dios y la propia fragilidad.
En la escuela de los Profetas aprendemos:
aprendemos a desplazarnos, a permanecer en la noche, a configurarnos con el Siervo de Yahvé… a hospedar a Dios en el corazón; y ésto sucede cuando nuestra palabra, como la del profeta, es compasiva e incluyente -porqe nos dejamos tocar por el dolor, el grito del huérfano, la viuda, el pobre… y tenemos hacia ellos palabras y gestos de misericordia y de amor.
a ser presencia humilde, que convoca al diálogo, para encontrar caminos de felicidad.
a denunciar los monopolios de los poderosos que violentan las “las viñas” de Dios y a ser humilde expresión del respecto y servicio a todos los excluidos y necesitados.
En la Escuela de Jesús aprendemos a:
renacer tras las crisis que nos sobrevienen;
a participar en su misión, que es diálogo profético con las culturas, los marginados, las tradiciones religiosas y los buscadores de fe;
a superar los límites y fronteras de nuestros mundos, pues la esperanza contagiosa de Jesús nos dispone a asumir nuestra vocación y misión sin ningún tipo de miedo.
a resurgir después de las mayores dificultades, ciertos de que el Dios Creador - Dios de la Alianza estará siempre a nuestro lado para apoyarnos y salvarnos.
ir no se excluyentes, sino inclusivos, pues en el acontecimiento del Reino de Dios nadie queda fuera.
Para entrar en la escuela de la apocalíptica necesitamos esa actitud vigilante y constructiva que nos abra hacia lo que vendrá y que revitalice nuesta vida consagrada. En ella adquirimos claves que determinan nuestra vida y misión, como consagrados:
El Cielo nuevo y tierra nueva: símbolo de nuestro compromiso por la paz, la justicia y la integridad de la creación.
La nueva tierra exige el fin de la injusticia y la transformación de este mundo, por lo tanto implica otro reparto de los bienes, otros valores, otras relaciones entre las personas y con la misma Naturaleza… Tarea en la que la VC –como los cristianos y cristianas- está urgida a participar.
El árbol nuevo de la vida. Símbolo del compromiso ecológico
Nuevo pueblo. símbolo del compromiso en la construcción de “un nuevo Pueblo” universal
Nuevo hogar, nueva ciudad, símbolo de la conversión afectiva y comunitaria: que pide de nosotros/as unas relaciones nuevas; y símbolo de una mejor comprensión de lo femenino y de lo masculino.
La palabra crea comunidad. Escuchar la palabra sin los otros, los diferentes, es como escuchar al parcialidad.Queremos ser comunidades que comparten no sólo el carisma, sino también la lectio divina. comunidades que leen la Biblia en la realidad y acercan la Escritura el pueblo de Dios y aprenden del pueblo sencillo a conectar la Palabra de Dios con la vida, a entender que la Biblia surge de la experiencia que una comunidad tiene de Dios, a respetar el texto bíblico.
La escucha, la meditación y la oración comunitarias en torno a la Palabra regeneran nuestras comunidades, nos hacen accesible el Misterio de la Voluntad de Dios, potencian nuestra vida espiritual y nuestros ministerios en la misión.
La escucha de la Palabra con los pobres y desde los pobres nos trabaja interiormente y da autenticidad a nuestra comprensión del mensaje y a descubrir las exigencias del Reino de Dios en nuestro tiempo.
La sed de la Palabra, el deseo vivo de comer el libro nos llevan a la Escuela de Oración que son los Salmos. Los salmos nos colocan en el umbral de cada una de las Escuelas de la Palaba. En la escuela de los salmos participamos del gran Dialogo entre Dios y su Pueblo.
Cada comunidad creyente expresa la cotidianidad de su vida, sus convicciones, su credo, sus dificultades y miedos, sus logros y esperanzas en el diálogo ininterrumpido con Dios que expresan los salmos.
En esta escuela de Oración preparamos nuestra interioridad para:
formarnos en el diálogo
alimentar y preparar nuestra profecía
renacer a la esperanza en medio de la debilidad y las crisis
descubrir el acontecimiento del Reino de Dios como apertura e inclusión
experimentar la llegada de la novedad y renovación universal
orar con todos y desde todos
Que no falten nunca en nuestro proyecto personal de vida y en los proyectos de nuestras comunidades tiempos cualitativamente significativos de contacto con la Palabra. Dejemos que la comunidad sea para cada uno de nosotros aquella escuela que nos eduque a la escucha y nos ayude a descubrir el poder transformante de la Palabra a través del testimonio de los hermanos. Sepamos acoger la llamada que Dios nos dirige de nuevo a través de su Palabra que nos envía a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a proclamar hoy, en los distintos contextos donde vivimos, el “año de gracia” del Señor.
Domingo, 18 de Mayo del 2008
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