Avanza la XXXVII Semana de VC que tiene como lema “En la Escuela de la Palabra”.
En la jornada inaugural de ayer, previo a las dos ponencias previstas, contamos con la presencia de Mons. Francisco Cerro, Obispo de Coria-Cáceres y miembro de la Comisión Episcopal de Vida Consagrada, quien en nombre de la Conferencia Episcopal, expresó la cercanía de los Pastores a la Vida Consagrada y a lo que ésta está ofreciendo en la Iglesia Local.
Nos acompañó también el P. Gonzalo Tejerina, OSA. Decano de la facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca a la que pertenece el Instituto de Teología de Vida Religiosa de Madrid que dirigimos los claretianos. El P. Tejerina además de saludar y acoger a los casi 800 participantes, inauguró de manera oficial la Semana al tratarse esta de un acontecimiento Académico de nuestro Instituto.
Las ponencias del primer día, impartidas por los Dres. Nuria Calduch y Enzo Bianchi ayudaron eficazmente a la pretensión de la XXXVII SEMANA. Ambas nos ofrecieron claves para dejarnos hacer e interpelar por la Palabra. Nos ayudó la Dra. Calduch en la aceptación de la dimensión sapiencial de la Vida Religiosa desde su clave humana, formativo-pedagógica, de servicio, ecuménica y ecológica. Por su parte, el Prior de Bose, nos ofreció un testimonio vital entusiasta de cómo la docilidad a la Palabra va haciendo y construyendo un nuevo creyente a través de una mediación concreta: La “lectio divina”.
Para esta jornada del 26 de marzo, está prevista una sesión en la mañana que será simultánea en el Aula Ángel Herrera y el Instituto de Vida Reiligiosa con los ponentes que se adjuntan: M. Pilar Pisonero, Ellen Hess y Enzo Bianchi.
Para la tarde, en el Aula Ángel Herrera, dos nuevas ponencias para seguir profundizando en la Escuela de la Palabra a cargo de los expertos Dolores Aleixandre y Antonio Sánchez Orantos.
Introducción
De ELÍAS aprenderemos a desplazarnos
De HABACUC aprenderemos a permanecer en la noche
Del SEGUNDO ISAÍAS aprenderemos a configurarnos con el Siervo de Yahvé
I. EN LA ESCUELA DE ELÍAS
Junto a este Profeta podemos aprender a irnos desplazando:
De los lugares de arriba a los de abajo
De la suficiencia a la receptividad
De los imperativos a la súplica
De la búsqueda de éxito a la experiencia de los límites
Del protagonismo a la sombra
Del Dios del huracán al Dios del silencio
II. EN LA ESCUELA DE HABACUC
Junto a este Profeta podemos aprender a
No rehuir las preguntas
Adoptar la postura del centinela
Familiarizarnos con la oscuridad
Esperar, fiarnos y permanecer
III. EN LA ESCUELA DEL SEGUNDO ISAÍAS
De sus Cantos del Siervo podemos aprender a pasar
De las apariencias a la realidad
Del rechazo a la atracción
De la eficacia a la fecundidad
De las proclamaciones a la vida entregada
“Los atravesaré con mis profetas” (Oseas)
La Palabra tiene en nosotros la tarea de perforar, de horadar… y son los profetas los enarboladores de ese martillo o flecha para adentrarse en nuestra entraña. Esta misión de atravesarnos que tiene la palabra profética va directamente a nuestra vida teologal. Los profetas van exactamente al fondo que sostiene nuestra vida, a lo que está en la propia base de la existencia: la fe, la esperanza y el amor.
Ellos no crearon escuelas como los sabios, no podían prepararse para la profecía porque ésta irrumpe sin aviso, sin consulta. Pero aunque no formen escuela, la huella que dejó su presencia en Israel nos permite ponernos a su escuela y aprender de ellos. Así con Elías vamos a aprender a desplazarnos, con Habacuc a permanecer en la noche, y con el Segundo Isaías a configurarnos con el Siervo de Yahvé
Siguiendo la trayectoria vital de Elías encontramos múltiples datos que nos indican cómo, hacia dónde son los desplazamientos que hace. En este constante movimiento del profeta vemos también reflejada la vida religiosa, su larga historia de movimientos y desplazamientos que podríamos releer en la clave de Elías. Junto a este profeta podemos aprender a irnos desplazando de unos lugares a otros:
De los lugares de arriba a los lugares de abajo: el profeta pasa de dirigirse al rey a ir a la casa de la viuda; de los santuarios a la viña: de lo alto del monte a los lugares de la injusticia. De todo esto sabemos mucho en la vida religiosa
De la suficiencia a la receptividad: aquí podemos ver tanto nuestra historia personal como colectiva, estamos pasando de la significatividad, influencia, número a etapas de disminución. El paso de Elías por el desierto, su acostarse debajo de la retama y quejarse de cansancio, hace que de su escuela aprendemos a ponernos de pie y a seguir caminando.
De los imperativos a la súplica: de actitudes más prepotentes a etapas de reciprocidad, de recibir, de aprender.
Del triunfo a la experiencia de los límites: estos límites nos indican que estamos en un tiempo de Gracia porque lo que nace de la pobreza va amarrado al Evangelio.
Del protagonismo a la sombra: Cuando Elías se siente solo, recibe de Dios la lección de que hay muchísima gente que también le son fieles.
Del Dios del huracán al Dios del silencio: el silencio tiene una evocación mística… la vida religiosa, cargada de palabras y documentos, necesita más del silencio.
Junto al profeta Habacuc, siguiendo también su trayectoria vital, su carácter crítico e impaciente hacia Dios, podemos personificar y sentirnos en su escuela con todas nuestras impaciencias, enfados con Dios, incomprensiones de por qué las cosas están como están en el mundo, y ver al mismo tiempo que este profeta es el hombre de la fe. A Habacuc el problema del mal y el sufrimiento le hace crisis en todo lo que hasta ahora sabe de Dios, y es aquí donde vemos al maestro de sabiduría y profecía. Se instala en la noche, en la crisis y va a esperar para ver, como gran escuchador de la Palabra, qué le dice este momento. Y en esa escucha, se le dice que no tenga prisa. Así, entrar en la escuela de la Palabra significa esperar, ya que el tiempo de Dios no es nuestro tiempo y escuchar como el profeta: “el justo por fiarse vivirá”.
Habacuc es convocado a la confianza, a fiarse más allá de la noche. Por tanto, la convocatoria que él hace para entrar en su escuela, algo nada fácil, es esperar, estar a la escucha y estar convencido que hay un tiempo de Dios que no coincide con el nuestro. Ésta es la auténtica experiencia de fe, la confianza sin límites, en la que podemos proclamar: “el Señor me hace caminar por las alturas”.
De los cantos del Siervo del Segundo Isaías podemos aprender a pasar de las apariencias a la realidad, del rechazo a la atracción, de la eficacia a la fecundidad, de las proclamaciones a la vida entregada. Pasar de las apariencias a la realidad, ir más debajo de las apariencias: nos parecía que estaba herido por Dios, humillado…, y creció como una raíz… “eran nuestros pecados los que él llevaba”. Ir más abajo de las apariencias, lleva al creyente a expresar algo profundo, a entender que favor de Dios y sufrimiento son compatibles: el siervo es alguien herido y sin embargo bendecido, con quien Dios se vuelca.
Se nos llama por tanto a bajar del mundo de las apariencias y relacionarnos de otro modo con el sufrimiento. Tenemos ante el dolor necesidad de una desvelación del Misterio. La escuela del Siervo nos introduce mucho más adentro, a ir por debajo de la apariencia para pasar del rechazo a la atracción.
Se nos invita también a estar más cerca del conocer, pasando por nuestra forma de ver el bien y el mal. La gran lección bíblica es que la cualidad del bien tiene tal fuerza que no es comparable a la del mal: el Siervo que es uno justificará a todos.
En esta escuela aprendemos también a pasar del hacer al consentir. El Siervo no dice nada, ha entrado en otra etapa donde no es el decir, sino el ser lo que le autentifica. La vida religiosa tiene que aprender a estar, éste es un aprendizaje arduo y rico, que nos lleva a más escucha, a estar más con las personas…
Este Siervo también nos enseña a ir más adentro en el compadecer. El siervo lleva lo de otros, hay en él un ejercicio de solidaridad. La vida religiosa tiene también en su entraña esta vocación de llevar lo de otros, de ser solidarios, de ponernos junto a quienes son las víctimas del pecado del mundo, para hacer lo posible y horadar esas situaciones injustas.
El Siervo, Habacuc y Elías nos invitan a ponernos a su escuela para aprender lo que es ser compañeros y discípulos y seguidores del Siervo.
«Un joven quería ser profeta. El maestro le preguntó: ‘¿estás dispuesto a que te ridiculicen y a pasar hambre hasta los 45 años?’ ‘Sí, ¿pero qué pasará entonces? ¿seré reconocido respetado y rico?’ El maestro le respondió escuetamente: ‘No. Pero para entonces te habrás acostumbrado a ser pobre, ignorado y despreciado’» (Juan Manuel Pérez Charlín)
INTRODUCCIÓN: JUSTIFICACIÓN DE LA ELECCIÓN DEL OBJETO DE NUESTRA REFLEXIÓN
Los intentos prometeicos, profecía cargada de exceso moderno, han hecho mucho daño.
¿Delirio postmoderno?
Muchas veces vivimos enmascarados.
Nuestras vidas ante la grave encrucijada de nuestra historia
Otra manera de vivir está surgiendo.
Por eso, voy hablar de la humildad.
I. LA ESENCIA DE LA HUMILDAD: UNA DEFINICIÓN NARRATIVA.
La humildad, alimento y sostén de toda vida fiel.
El humilde es libre para sí y, por eso, libre para los otros y el Otro.
«Contemplar la propia miseria y desesperarse por ello no es ser humilde; es, por el contrario, un resentimiento orgulloso peor que el orgullo mismo»
La humildad permite que nos conozcamos para poder entregarnos a las tareas que nos esperan.
II. LA HUMILDAD: ESENCIA DE LA VOCACIÓN PROFÉTICA
Nadie es origen de su propia humildad y el conocimiento que ella procura nos llega de forma inaudita.
Sólo puedo conocer en Dios, por su Luz y en su Luz.
La fuente de la humildad, dar hospedaje a Dios en nuestras vidas.
La confrontación de nuestra finitud con el Infinito divino sería un peso insoportable sino estuviese mantenida por Dios mismo.
Por eso, toda humildad es fe, fiducia, confianza.
Caminar en la humildad es avanzar por un espacio en el que Dios nos precedido y que sólo Él ha abierto para siempre.
Por eso, ni la pequeñez, ni la estrechez definen la humildad; sino el hecho de no apoyarse en la propia seguridad. Sólo así nace el testigo que nunca dará testimonio de sí mismo.
III. LA HUMILDAD Y LA MISIÓN DEL PROFETA QUE ANUNCIA EL BUEN FUTURO DE DIOS.
Todo lo que es grande se lleva a cabo en el horizonte del amor por la humildad.
No es humildad esquivar una tarea capital para acometer otra sin importancia; tal es el resultado de la pereza espiritual, la desesperación o quizá el orgullo pervertido.
Lo imposible para Dios es no ser el Dios fiel y su fidelidad precede, fundamenta, sostiene y sobrepasa todos y cada uno de nuestros afanes.
No es posible superar la humildad, sino tan sólo superarse en ella.
Por eso la persona humilde es fuerte en la fortaleza de Dios y de aquí nace la violencia profética del amor.
Si esto es así, constituye un verdadero acto de profanación, blasfemia, humillar o consentir la humillación de alguien.
Porque Dios actúa a favor de su Pueblo para que se abra un espacio donde su Luz pueda ser don de gracia para toda la humanidad.
CONCLUSIÓN.
María profetisa del Reino.
Hay que volver a escuchar el «susurro del viento».
Es el otro el que siempre nos salva porque nos invita a ser mujeres y hombres de verdad.
¿Delirio postmoderno? No. Testimonio humilde de los hombres y las mujeres que supieron alabar, como la profetisa del Reino, la grandeza de Dios la descubrir con claridad su humillación.
Domingo, 18 de Mayo del 2008
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