ADMIRACIÓN ANTE LA NAVIDAD (24.XII.2010)

ADMIRACIÓN ANTE LA NAVIDAD

Es probable que durante estos días estés recibiendo cartas o tarjetas en las que las personas amigas te desean «feliz navidad». Te auguran unos días de felicidad o te invitan a ser partícipe del gozo navideño. Yo quiero decírtelo de forma apremiante con palabras prestadas por san León Magno: «Alégrese el santo, puesto que se acerca la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida». Así se expresaba el gran papa León en un sermón sobre la Natividad del Señor, tan cercana ya. Antes de que llegue el día gozoso de la Navidad, quiero vivir contigo la sorpresa y admiración, el sobrecogimiento, que inunda a la Iglesia siete días antes de la Natividad del Señor.

La liturgia eclesial suele ser parca en la expresión de los sentimientos. No puede evitar, sin embargo, el gozo exultante que la embarga durante la vigilia pascual. ¡Con qué admiración jubilosa canta a la noche clara como el día! Es la noche que conoció el momento en el que Cristo glorioso ascendió triunfante del abismo. «¡Ésta es la noche…!», «¡ésta es…!», anuncia insistentemente el diácono al cantar el pregón pascual. Ante la inminente celebración del Nacimiento del Señor, la Iglesia se extasía mientras contempla. A lo largo de siete tardes va desgranando su admiración sorprendida por acontecimiento tan singular.

Recuerdo el pasmo que recorrió mi cuerpo, y sacudió mi espíritu, la primera vez que leí en la Iglesia de la Natividad de Nazaret lo que allí está escrito: «Aquí el Verbo se hizo carne». A los pocos días leí el mismo adverbio en Belén: «Aquí, de María la Virgen, nació Jesucristo». Besé reverentemente el lugar, indicado por una estrella de catorce puntas. Mientras me postraba adorante no cesaba de decirme: «¡Aquí…, aquí…!». ¡Qué enorme paradoja! El Infinito, circunscrito a un insignificante lugar; el Eterno, confinado en el tiempo; el Inmortal, revestido de mi carne mortal; el Santo, identificado con el pecador… «¡No, no se avergüenza de llamarnos hermanos!». ¡Cómo no admirarse ante este derroche de amor! ¡Cómo no quedar pasmados ante esta locura de amor!

La admiración es la actitud básica para que surja espontánea la actitud contemplativa. Sin duda que es bueno articularla con la liturgia, como hemos ido haciendo a partir del día 17 de diciembre. Llegada la Noche Buena, nos decirnos con júbilo: «¡Feliz Navidad!», y deseamos a quienes queremos bien que el misterio de la Natividad del Señor sea para ellos y para nosotros una fascinante alegría; un misterio que contemplamos entre admirados y sobrecogidos porque «Dios está aquí». ¡Aquí se encarnó! ¡Aquí nació por ti y por mí! Abrámonos a la sorpresa admirativa.

Viernes 23 de diciembre de 2011